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Corazones agradecidos y en paz

«Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre». —Salmos 118:8

Una mañana fría en Corea, unos soldados se alinearon cerca de un camión-cocina para recibir su almuerzo. El corresponsal de un periódico se quedó mirando a un soldado barbado, cubierto de lodo, con aspecto de estar muy cansado. Después de un momento el corresponsal le dijo: «Si yo pudiera lograr que Dios le diera a usted lo que más desea, ¿qué pediría?». El soldado permaneció en silencio por unos instantes mientras la esperanza renacía en su corazón. Después respondió lentamente: «Le pediría que me diera el día de mañana». Aquel soldado tenía la esperanza de un día más.

Eso me recuerda algo que dijo Charles Swindoll en su libro Growing Strong in the Seasons of Life (Fortalecerse en las etapas de la vida): «La valentía no se limita al campo de batalla. Las verdaderas pruebas de valor son mucho más profundas y calladas. Son las pruebas internas, como las de ser fieles cuando nadie nos mira, como la de soportar el dolor cuando la habitación se halla vacía, como el quedarnos solos cuando nadie nos comprende».

El «privilegio»

El trabajo intenso no provoca ataques cardíacos. Es más, hasta puede beneficiar a la salud. Sin embargo, la gente suele pensar: «Si pudiera reunir ese dinero», «Si pudiera ganarme un asenso», «Si pudiera obtener un reconocimiento»… Esa clase de aspiraciones es lo que causa estrés, y éste, a su vez, puede acarrear enfermedades.

Si analizamos las décadas del sesenta y setenta, las personas que sufrieron ataques al corazón fueron, por lo general, los grandes empresarios, los poderosos industriales o encumbrados políticos. En otras palabras, en esa época era un «privilegio» sufrir un infarto.

¡Pero cómo han cambiado los tiempos! A partir de la década del ochenta se comenzó a ver toda clase de personas morir por afecciones cardíacas, inclusive el obrero más sencillo, quien por el salario mínimo que recibe como pago a su trabajo cae en angustia, la cual lo lleva tarde o temprano a una desesperación mortal. ¿Y qué decir de los extraordinarios atletas —futbolistas, basquetbolistas, corredores, etc.— cuyos cuerpos perfectos soportan las cada vez más difíciles exigencias deportivas, pero son incapaces de sobrellevar las exigencias emocionales que nos depara la vida? Por cierto, hemos visto por televisión caer en un duelo deportivo los cuerpos sin vida de varios de nuestros héroes.

Un asunto de confianza

No olvides a los jefes de Estado, algunos de ellos reconocidos por manejar naciones como si condujeran un automóvil, pero reprobados al confrontar sus angustias personales. Quiero terminar esta lista de ejemplos con los pastores. A los integrantes de este tan distinguido grupo, también les ha llegado. Como iglesia, tenemos soluciones para toda clase de problemas que sufren los miembros de nuestras congregaciones, pero muchos pastores han sido incapaces de luchar en buena lid con sus situaciones personales y familiares. Por eso no me asombra que el porcentaje de pastores que pierden la vida por infartos al corazón cada vez sea mayor. De hecho, las lesiones cardiacas son las afecciones por las que más es atendido médicamente este grupo de la población.

«¡Ay de los descienden a Egipto por ayuda, y confían en caballos; y su esperanza ponen en carros, porque son muchos, y en jinetes, porque son valientes, y no miran al Santo de Israel, ni buscan a Jehová!» (Isaías 31:1)

Alguno de ustedes se preguntarán qué significado tendrá el «¡ay!» de ese versículo. Nos indica el dolor, el lamento o la consecuencia de un error cometido. En este caso, ¿cuál es el error? Pues, confiar en carros y jinetes por ser muchos y valientes; pero ¿quiénes son esos carros y los jinetes? Son las personas que pensamos que nos pueden ayudar en nuestras situaciones difíciles. Podrían ser los hombres poderosos, los diputados, senadores, gobernantes, empresarios, etc. Nos acercamos y confiamos en ellos y, ¿sabes?, ¡la mayoría de las veces no pasa nada! Por esa razón la Escritura nos anima a confiar en el Señor.

«Como diente roto y pie descoyuntado es la confianza en el prevaricador en el tiempo de angustia». (Proverbios 25:19).

Es muy doloroso poner nuestra confianza en un hombre en el tiempo de nuestra angustia. Vemos que Salomón compara esto con una persona que ha recibido una golpiza y ha quedado con un diente roto, o con un pie descoyuntado. Yo me pregunto: ¿Cuántos cristianos con dientes rotos y pies descoyuntados habrá por ahí? Por lo regular, no hemos aprendido a confiar en Jesús.

En cierta ocasión, el senador brasileño Mario Covas hizo el siguiente cometario: «La situación está bajo control; pero no sabemos de quién». Definitivamente, esto tiene que cambiar. ¿Pondremos nuestra vista y nuestra confianza en el único que no puede fallarnos? Si así hacemos, viviremos en paz y nuestro corazón nos lo agradecerá.

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