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La reconstrucción

¡Qué año hemos vivido! Pero, a la verdad, si te dijera que el próximo será mejor, te estaría mintiendo, pues realmente no sé si lo será. De hecho, antes de morir y ascender al cielo, Jesús prometió a sus discípulos que vivirían tiempos difíciles y que, así como a él le tocó padecer, a los suyos también les tocaría.

En alguna ocasión, Jesús habló con sus discípulos sobre el sacrificio que estaba por realizar, y les advirtió que así mismo, ellos serían esparcidos y maltratados. Sin embargo, al hacerles esta advertencia, les hace también la siguiente aclaración. «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Al saber los discípulos lo que habrían de padecer, estarían confiados en Jesús, pues no les sorprendería, además de que estarían firmemente arraigados en la paz que conllevaba la promesa de Cristo de que estaría con ellos por siempre.

Igualmente, sean buenos o malos los tiempos que estemos por vivir, caminemos en la convicción de que Jesús va con nosotros y que todo lo que vivimos tiene un propósito que él ha diseñado.

Reconstruyamos lo caído

Recientemente tuve la oportunidad de leer el libro de Esdras, el cual fue escrito en tiempos muy difíciles. El pueblo de Israel había sido desobediente y después de muchas advertencias, Dios les permitió ser conquistados por otras naciones y llevados al cautiverio.

Pasado un tiempo, el Señor les permitió poco a poco volver a su tierra. Sin embargo, esto implicaba primero una reconstrucción de todas las ruinas de los muros y el templo de Jerusalén. Era un trabajo muy difícil, largo y tedioso. Además, eran pocos los hombres y el tiempo que había disponible para reconstruir, en comparación con la cantidad de hombres y tiempo que les había tomado hacerlo por primera vez. Sin duda era una tarea que, aunque traía consigo la esperanza de que pronto estarían nuevamente habitando su ciudad, no era sencilla. 

No escuchemos las voces

Algo que me llamó mucho la atención con esta lectura fue que hay un momento en el que algunas personas que habían quedado en la ciudad durante el cautiverio querían participar en la reconstrucción de esta. Cuando se enteraron de que no podían hacerlo, se dedicaron a desanimar a los que construían. 

La historia no menciona exactamente qué decían aquellas personas, pero me imagino que pasaban diciendo cosas como «¡Qué calor hace! ¿No se han cansado?» o «¡Ay! ¡Tanto tiempo que llevan dedicándole y se sigue viendo igual!». Qué sencillo hubiera sido desanimarse.

 Muchas veces, así como estos constructores, cuando nos veamos frente a retos en nuestras vidas y queramos salir de ellos victoriosos, nos toparemos con situaciones que nos querrán obligar a no salir de ahí, a quedarnos igual. ¡No dejemos que lo que las circunstancias o personas a nuestro alrededor nos digan permitan que cambie nuestra percepción de Dios y de lo que quiere para nuestras vidas!

Entremos a este nuevo año con los ánimos de saber que el Señor camina con nosotros, de que no nos dejará y que aunque no nos ha prometido que las cosas serán sencillas o que no tendremos problemas, sí nos ha prometido que estará con nosotros hasta el fin del mundo. Así que mientras planeas tu próximo año y todas las cosas en las que crecerás, escucha solamente la voz de tu Salvador y crece en las promesas que él te ha dado.

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