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Entre la pérdida, el legado y la esperanza

Son muchos los retos que la iglesia ha enfrentado a través de la pandemia, tales como la imposibilidad de congregarnos, dificultad para el discipulado y el seguimiento, necesidades económicas, entre otros. Pero quizás uno de los desafíos más fuertes que algunas congregaciones han afrontado es la pérdida de sus pastores. Cada vez más se escucha de iglesias que atraviesan el duelo de la pérdida de aquellos que semana tras semana guiaban y confortaban al rebaño con su amor, su cuidado y sus enseñanzas.

Hoy queremos dedicar cada palabra de este escrito a honrar la vida de los pastores que llegaron a la meta. También queremos sembrar palabras de consuelo y aliento a los miembros de las iglesias que atraviesan por este doloroso momento. «¿Y ahora qué vamos a hacer?», «¿qué sucederá con la iglesia?», «¿quién ocupará el lugar de nuestro líder?», son algunas de las preguntas que vienen a tu mente en medio del dolor y la incertidumbre.

Amado lector, recuerda bien estas palabras: ante la pérdida, hay un legado que continuar y una esperanza que recordar.

Hay una forma mediante la cual los pastores que han partido siguen presentes entre nosotros; esto es a través de su legado. Pablo sabía que su partida estaba cerca cuando le dejó un «solemne encargo» a Timoteo, su amado hijo en la fe. La mejor manera de honrar a un líder que ha partido con el Señor, es mostrando solicitud en el servicio, continuando con la obra que ellos comenzaron e imitando su fe. Pablo pide a Timoteo lo siguiente: «Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar» (2 Timoteo 4:2, NVI). Los pastores estaban conscientes de que si bien su función en el cuerpo era de suma importancia, el impacto evangelístico y ministerial no dependía de ellos solamente, sino de todo el cuerpo coordinado y del poder del Espíritu Santo que acompaña y capacita a la iglesia aun en los momentos de prueba y dificultad.

La gracia de Dios nos recuerda que el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad (ref. 2 Corintios 12:9). ¿Fuimos debilitados con una pérdida así? ¡Por supuesto! Pero es en estas circunstancias que la gracia y la suficiencia de Jesucristo brillan con mayor intensidad cuando dependemos totalmente de él. Nuevamente el apóstol Pablo añade: «Tú, por el contrario, sé prudente en todas las circunstancias, soporta los sufrimientos, dedícate a la evangelización; cumple con los deberes de tu ministerio.» (2 Timoteo 4:5, NVI). Observa cómo sabiamente les anticipa que vendrán tiempos de sufrimiento, en otras palabras le dice: «¡Que nada te detenga, Timoteo!». Las aflicciones traen consigo tiempos de crecimiento y madurez, porque nos agitan, nos despiertan de nuestra comodidad y nos enseñan a confiar y depender del Señor.

Amada iglesia, no pierdas de vista la esperanza. Este es el momento más importante para mostrar una actitud de unidad y compromiso. La partida es dolorosa, pero también nos recuerda la gloriosa esperanza que tenemos en Cristo Jesús. Pablo declara: «…el tiempo de mi partida ha llegado. He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe. Por lo demás me espera la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me otorgará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida» (2 Timoteo 4:6-8, NVI). ¡Esta es la maravillosa realidad que hoy experimentan nuestros héroes de la fe que se han adelantado en el camino! Hoy están contemplando cara a cara a Aquel a quien fielmente sirvieron por años.

Nuestra oración y el deseo de nuestro corazón es que Dios inunde sus corazones de paz, consuelo y una esperanza viva que los impulse a vivir para la gloria de su Nombre.

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