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Una promesa con forma de mandamiento

El hogar

El hogar: un mundo de sensación afuera y de amor adentro,

El hogar: un sitio donde los pequeños son grandes, y los grandes son pequeños.

El hogar: el reino del padre, el mundo de la madre y el paraíso de los hijos.

El hogar: el lugar donde más nos quejamos y donde se nos trata mejor.

El hogar: centro de afecto, alrededor del cual nacen los mejores deseos en nuestro corazón.

El hogar: el lugar donde nuestro estómago recibe tres comidas al día, y nuestro corazón, amor y estímulo.

El hogar: único lugar en la tierra donde las faltas y las flaquezas quedan cubiertas bajo el dulce manto del amor.

Este poema es muy cierto. El hogar es una paradoja. Al respecto escuché a un joven decir: «Mi casa es el reino de mi padre (un tirano), el mundo de mi madre, pero, ¿en verdad puede llegar a ser el paraíso de los hijos? Mi hogar más bien parece una sucursal del infierno, y aparte, una carga más: obedecer y honrar a mis papás. ¿No te parece que es mucho pedir?».

En 1 Reyes 1:1-12 se registra la historia de Adonías, el cuarto hijo del rey David, pero el mayor de los que le sobrevivían. En ese momento el rey tenía 70 años, estaba débil y cansado. Había surgido un vacío de liderazgo, mientras la salud de David mermaba. Fue entonces cuando Adonías entró en escena con rasgos muy particulares en su carácter: joven, talentoso, fuerte, apuesto… y rebelde. Quitando lo de apuesto, muchos somos idénticos a él. Al percatarse de la situación, tomó la siguiente resolución: «¡Yo reinaré!». «Pero, Adonías… ¡tu padre sigue en el trono!». «¡Qué importa! Ya está viejo… y es un anticuado. ¡Yo reinaré!».

La historia nos indica que se hizo de carros de guerra y gente de a caballo, y cincuenta hombres que corrían delante de él para proclamar: «¡Adonías es rey! ¡Adonías es rey! ¡Arrodíllense!», en el centro de la ciudad. En su recorrido se adhirieron muchas personas: gente común, capitanes del ejército de David ¡y hasta sacerdotes! El espíritu de rebelión no respeta clases sociales o puestos gubernamentales.

Ese mismo día tuvieron una fiesta muy grande para disfrutar «la victoria electoral», festejando con bombo y platillo. ¡Adonías invitó incluso a sus hermanos, los otros hijos del rey! Había carne de res, de carnero y de toda clase de animales engordados. Cuando David se enteró de lo que esta pasando, dio instrucciones al profeta Natán, al sacerdote Sadoc y a Benaía (a quienes, por cierto, no invitaron a la fiesta): «Tomad con vosotros los siervos de vuestro señor, y montad a Salomón mi hijo en mi mula, y llevadlo a Gihón; y allí lo ungirán el sacerdote Sadoc y el profeta Natán como rey sobre Israel, y tocaréis trompeta, diciendo: ¡Viva el rey Salomón! Después iréis vosotros detrás de él, y vendrá y se sentará en mi trono, él reinará por mí; porque a él he escogido para que sea príncipe sobre Israel y sobre Judá» (1 Reyes 1:33-35).

Recuerda que el desfile político de Adonías consistía de carros de guerra, caballos y gente que le fueran abriendo camino; en cambio el desfile de Salomón constaba de dos o tres personajes de la vida religiosa de la nación y un pequeño grupo de siervos, mientras que iba montado sobre una mula. Transportado este último pensamiento a nuestros días diríamos: Adonías maneja un Lamborghini, mientras Salomón va en un austero Volkswagen «escarabajo» (si es que para estas fechas se pudiera conseguir uno todavía). Para terminar este pensamiento, te diré que Adonías terminó en las manos de la desgracia —con todo y su Lamborghini—, en cambio, Salomón, con su austero escarabajo, llegó al trono de Israel.

Adonías significa «Jehová es mi Señor». ¡Qué irónico!, ¿no crees? Te es necesario saber escuchar a la generación adulta, a tus padres, maestros, pastores y jefes. La vejez se asemeja a la conquista de una montaña. Cuando más asciende uno, más cansado y falto de aliento se siente, pero al mismo tiempo se le va haciendo más amplio el panorama.

Tal vez nos sirva de orientación lo que la ley judía decía: «Todo hombre que maldijere a su padre o a su madre de cierto morirá… su sangre será sobre él» (Levítico 20:9). ¿Qué significa eso de «de cierto morirá»? Bajo la ley, el joven que por sus errores trajera maldición a su padre o a su madre era condenado a muerte. Era conducido con las manos atadas fuera de la ciudad, hasta llegar a un precipicio donde había una gran piedra puesta en el fondo. Al condenado se le exhortaba a confesar su pecado para que por fe y arrepentimiento fuera salvada su alma. Era despojado de su ropa hasta estar desnudo, después lo colocaban de espaldas al precipicio y lo empujaban, de modo que cayera sobre la gran roca; si no moría por la caída, se arrojaba otra piedra grande sobre él, y por si fuera poco, los espectadores se adelantaban y con piedras terminaban la obra de la muerte.1

«Bueno, eso fue en el Antiguo Testamento… hoy estamos en tiempos de la gracia». De acuerdo. Nada más que hay un pequeño detalle en el Nuevo Testamento, donde dice: «…si honras a tu padre y a tu madre, “te irá bien y tendrás una larga vida en la tierra”». Ve a Efesio 6:3 y léelo por ti mismo. Yo leo eso y entiendo que si no cumples con este mandamiento ¡no te irá bien!, y ¿de qué sirve toda la vida —20, 30, 40, 70 años o más— si te va a ir mal?

Creo que en tiempos de gracia aún vale seguir respetando la autoridad con la que Dios invistió a nuestros padres. Al respetarlos, no solo los honramos a ellos, sino a Dios, que nos dio una promesa de larga vida disfrazada de mandamiento. Siempre, siempre, siempre, obedecer sus mandamientos nos da vida.

1 Jamieson, Robert; Fausstet, A; Brown, David. Comentario exegético y explicativo de la Biblia, Tomo 1 – El Antiguo Testamento, 2003, Casa Bautista de Publicaciones, pp. 112, 113.

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