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Extranjeros del mundo

Hace poco, en mi ciudad, extranjeros que buscaban oportunidades laborales en el país decidieron organizar una protesta. Esta manifestación hizo enojar a muchos que estábamos por el área y que nos vimos forzados a pasar un par de horas en el tráfico. Entre esas personas molestas, algunas comentaban que no había mucho que hacer en este caso, ya que los que luchaban por dichas oportunidades realmente no tenían derecho a ellas puesto que no habían nacido en este país.

¡Qué difícil ser extranjero!, pensé en ese tiempo, estar en un lugar que tiene una cultura, un idioma, comida y muchas cosas más distintas a las que estás acostumbrado. Y aun más difícil que te digan que probablemente no serás escuchado porque no naciste con los derechos que tienen los ciudadanos de ese país.

Durante las semanas que pensaba esto, un día, en un descuido, me robaron mi cartera en un evento al que asistí. Mi primera reacción fue frustrarme por todo el dinero que tenía ahí dentro, pues hace poco me habían pagado en mi trabajo. Además, ahí se encontraban todas mis identificaciones y las de mis hijos; tendría que tramitarlas nuevamente. En eso, el Señor me recordó que no tengo el «derecho» de enojarme por perder algo que no es mío, pues todo lo que tengo lo poseo en un mundo que no es mi patria.

No somos de este mundo

Muchas veces en el Antiguo Testamento Dios prometió al pueblo de Israel que algún día les daría una tierra en la que fluyen leche y miel, una tierra suya para poseer. Así que nada de lo que estaba en Egipto o en alguno de los otros lugares en los que habitaron, les pertenecía. Realmente no tenían derecho alguno a molestarse por haber salido de Egipto, así como muchos lo hicieron cuando las cosas en el desierto se estaban poniendo difíciles y veían lejano el cumplimiento de la promesa.

Así como los israelitas, a nosotros nos ha sido dada una promesa especial, una tierra que es nuestra nación, la cual Cristo ha estado preparando para nuestra llegada. «No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y, si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté» (Juan 14:1-3, NVI).

Pero si nuestro hogar es esa morada celestial, eso significa que esta tierra no lo es. No debemos sorprendernos cada vez que sufrimos una injusticia, cada ocasión en que nos es quitado algo, o cada vez que las leyes dictan cosas que contradicen el reino de los cielos. Claro que nos toca orar y hacer nuestra parte, pero no debemos asombrarnos, pues este no es nuestro mundo.

Buscamos una patria mejor

Me gusta mucho cómo lo explica el libro de Hebreos al hablar acerca de la fe. El capítulo 11 cuenta la historia de muchos personajes que realizaron grandes hazañas en nombre de la fe. Sin embargo, termina diciendo que ninguno de ellos recibió lo prometido, sino que lo miraron de lejos, lo creyeron y lo saludaron, sabiendo que eran extranjeros en esta tierra. «Pero anhelaban una [patria] mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad» (Hebreos 11:13-16, RVR60). ¡Dios está preparando una patria mejor que esta para sus hijos! ¡No puedo esperar para ver cómo será!

Por lo tanto, recordemos el día de hoy que cada vez que enfrentemos una situación difícil o injusta, o que veamos maldad cerca de nosotros, no es que al Padre le falte amor o que se haya olvidado de sus hijos. Simplemente vivimos en un mundo caído, un mundo que ha sido envuelto en pecado, del cual un día seremos rescatados para siempre y llevados a nuestro hogar. «Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes. Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová» (Salmos 27:13-14, RVR60).

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