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El padre perfecto

¿Te ha entrado una basurita o pestaña en el ojo? ¡Qué molesto es! A veces es muy complicado encontrar la diminuta hebra de tejido que nos está picando. Hablando figuradamente, es más fácil encontrar la paja en el ojo de nuestro prójimo que la viga en el propio, a pesar de que Jesús nos enseña que hagamos justo lo contrario.

Esto usualmente implica que cuando somos jóvenes, con facilidad vemos los errores de nuestros padres y los juzgamos. Cuando nos convertimos en padres, nos es fácil ver los errores de otros padres que piensan distinto a nosotros. Y cuando llegamos a ser ancianos, nos es sencillo notar las malas decisiones que los jóvenes toman.

Recientemente he tenido la dicha de convertirme en madre. Esto ha traído consigo grandes momentos de gozo, así como un sinfín de desafíos también. Por lo tanto, más que nunca he podido darme cuenta de que verdaderamente es imposible que los padres seamos perfectos. Yo que creía saberlo todo, había leído todos los libros y conocía todas las teorías. Aun así, me he encontrado perdiendo el control, cometiendo errores o no sabiendo qué hacer muchas más veces de las que pensaba me habrían sucedido para el momento en el que mi hijo cumpliera sus dos años.

A esta edad, uno de los retos más grandes que he tenido con él es enseñarle a ir al baño. Incontables veces en estos últimos meses me ha tocado preguntarle si necesita ir, a lo que en muchas de ellas, mientras continúa jugando, voltea a verme con una simpática sonrisa y lanza un «no» con la voz más tierna del mundo. Pasados cinco minutos me doy cuenta de que ha mojado su pantalón y me resigno a saber que es hora del octavo cambio de ropa del día. Hay días en los que puedo entenderlo y otros en los que pierdo la paciencia.

Existe la imperfección

Si tienes hijos, pudiera ser que tú hayas logrado toda esta parte de rutinas y paciencia muy bien con ellos, pero estoy segura de que de alguna manera u otra, todos hemos llegado a un punto en el que sentimos que les hemos fallado, que no somos suficiente para ellos; que no sabemos cómo y que no podremos con la tarea de criarlos. Pudiera ser en el aspecto económico, en nuestra relación o conexión con ellos, en su educación, etc., pero me parece que muchos hemos llegado pronto a ese punto en el que al fin nos identificamos con la frase: «Lo entenderás cuando seas más grande, cuando tengas hijos», que solían decirnos nuestras mamás. Cuando nos convertimos en padres, no tardamos en darnos cuenta de que no lo somos de la manera perfecta que creíamos que seríamos.

¿Existe la perfección?

Un célebre filósofo solía decir que sabemos que existe lo perfecto porque nos damos cuenta de que lo que tenemos a nuestro alrededor no lo es. Por lo tanto, reflexionaba él, si existe la noción de imperfección, su opuesto —la perfección— debe ser real y debe existir de alguna forma. Este concepto sería algo así como reconocer que algo está sucio porque sabes cómo se vería si estuviera limpio. Hace poco, una breve lectura de Romanos 8 me hizo recordar que Dios mismo es quien es esa perfección. El verme a mí misma y notar todos mis errores, me recuerda que existe un Dios perfecto que no los tiene. Afortunadamente no sólo eso, sino que, al ser perfecto, todo lo que hace lo realiza de manera perfecta según sus propósitos.

Cuando decimos que Dios es perfecto en todo, reconocemos que nos ama de una manera perfecta. Puede sonar obvio, pero en esta ocasión, al escuchar las palabras de Pablo, me di cuenta de que era justo lo que necesitaba recordar en mi vida en ese momento. ¿Por qué? Porque muchas veces lanzo oraciones al cielo con el temor de que no serán escuchadas, y sin la seguridad de que pase lo que pase, Dios quiere lo mejor para mí. En muchas de estas oraciones va implícita una necesidad de aprobación que olvida que Jesús ya ha ganado, que inconscientemente se pregunta si en vez de un alivio vendrá un castigo, pues imagino, sin darme cuenta, que Dios tiene las características que tengo yo para con mis hijos como perder la paciencia o cometer algún error. Pero, me doy cuenta con estos pasajes de que estas oraciones que esconden una lógica en la que Dios es un padre como yo, no podrían estar más equivocadas, puesto que él es un padre que me ama con amor perfecto.

Además de todo esto, puedo además de saberme amada por él con amor perfecto, tener la esperanza de que, en su misericordia y redención, su gracia perfecciona el amor que yo tengo para con mis hijos cada día. Esto me anima a tener la fe de que Dios está obrando en mi carácter para acercarme poco a poco a ser un padre más como él.

Te invito a tomar un tiempo para repasar los siguientes versos y grabarlos en tu corazón. Recuérdalos cada vez que pierdas la paciencia, para buscar imitar a Cristo, pero también cuando te haga falta escuchar que eres ese hijo amado.

«Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor» (Romanos 8:38-39, RVR1960).

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