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Pegado a Jesús

Recién leí un artículo de una psicóloga que hablaba sobre los tipos de apego. Aunque no me considero experta en el tema, fue algo que me pareció sumamente interesante. Ella decía que los seres humanos nos relacionamos con los demás según la manera en que aprendimos a hacerlo con nuestros padres. Hay quienes tuvieron padres que ella llama «lo suficientemente buenos, aunque no perfectos» que nos llevan a crecer pensando que todo va a estar bien. Sin embargo, quienes sufren algún trauma, abandono o relación inestable con sus padres pueden llegar a creer que las personas no son confiables y que el mundo es un lugar hostil.

Me pareció muy triste cómo todos de una manera u otra hemos sido defraudados alguna vez por nuestros padres, familia, compañeros de trabajo o amigos. Y por lo tanto tendemos es a cuidarnos, a no dejar que nos suceda de nuevo. Nuestra mente se hace más desconfiada de los demás y podemos inclusive volvernos personas solitarias e inseguras.

A mí me sucedió hace tiempo con una amiga. Ella se molestó por un malentendido que hubo entre ambas y por mucho tiempo dejó de hablarme. A pesar de que después se solucionó, esto me llevó a pensar que las personas no son de confiar, pues pueden decir que son tus amigas, pero dejar de serlo en un momento en que no les sea conveniente. ¡Qué triste manera de pensar! Tan limitada.

Es verdad que no todas las personas tienen buenas intenciones, y aun quienes las tienen pueden cometer errores pequeños o graves en sus relaciones. Pero el comenzar a actuar con inseguridad frente a otros solamente demuestra que aún no tenemos el corazón de Cristo.

Un apego seguro

Cuando nuestra relación con nuestros padres o con nuestros seres queridos no sea la que más deseamos, no debemos decepcionarnos. Al contrario, es importante recordar que aunque todos fallen, hay quien nunca falla. Jesús en una ocasión, al narrar una parábola, dijo que si el hombre siendo malo sabe dar buenas dádivas a sus hijos, cuánto más Dios (Mateo 7:11). Él es perfecto y él nunca falla. No actúa para con nosotros en base a sus «traumas» o a sus problemas del pasado. Él no tiene un apego inseguro o intermitente para con nosotros como quizás nuestros cuidadores alguna vez lo tuvieron.

Dios es perfecto, es de confiar. En él siempre tendremos esperanza. Cuando entendamos esto, no necesitaremos la aprobación de nadie más para estar bien. Podremos salir adelante frente a cada situación, pues no duerme quien cuida nuestra alma (Salmos 121:4).

Cada vez que pienses que no eres importante, que no hay quien te quiera o quien piense en ti, apégate al que cuida de ti, al que te ama con amor perfecto y eterno. Descansa en él, pues estás en los mejores brazos. ¡Mantente pegado a Jesús!

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