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El Espíritu Santo y la paternidad

Cuando fuimos a la escuela, nos enseñaron mucho acerca de filosofía, matemáticas, ciencias, física, química, entre otras materias. Muchas de ellas las aplicamos en nuestra profesión, pero podemos coincidir en que la mayoría no. Lo que nadie nos enseñó en la escuela fue acerca de la paternidad, y aquellos que tenemos la dicha de ser padres, vaya que es una «materia» que debemos aplicar cada día.

La figura paterna es muy importante en la vida familiar, al grado que un padre ausente causa severos daños emocionales en la vida de los hijos. Es algo crudo, pero, ¿a cuántos de nosotros no nos ha tocado escuchar de aquellos jóvenes entregados a la violencia y el crimen y las calles, que experimentaron la vulnerabilidad por la falta de un padre amoroso? Inclusive aquellos padres que han tenido el buen deseo de amar y servir a su familia, se han enfrentado con la impotencia de fracasar a pesar de todo el esfuerzo.

La fuente de ayuda

¿Quién, pues, podrá ayudarnos en esta tarea tan difícil? ¡El Espíritu Santo! Romanos 8 enseña que él nos ayuda en nuestra debilidad. Jesús hace referencia al Espíritu Santo en el evangelio de Juan como el «Consolador» y quizás, la mejor traducción a la palabra empleada en el original sería el «Ayudador». Llegarán momentos en los que sientas que las circunstancias te sobrepasan, pero recuerda que no estás solo, busca en oración la ayuda del Espíritu y descansa en su voluntad de obrar en tu paternidad.

Tu principal aliado

Encuentra en el Espíritu Santo un aliado de tu paternidad. La labor de un padre es muy importante para Dios, ya que su diseño es que las buenas nuevas de Cristo y las verdades de su Palabra sean transmitidas a los hijos, para que de generación en generación adoren al Señor. «Que se escriba esto para las generaciones futuras, y que el pueblo que será creado alabe al Señor.» (Salmos 102:18 NVI)

El Padre de los padres

En Salmos 127:3 leemos que los hijos son una herencia y una recompensa del Señor. Nuestros hijos son uno de los tesoros más preciosos que Dios nos ha confiado. Así es, nosotros somos los padres terrenales, pero él sigue siendo el Padre celestial. Si a nosotros nos interesa el bienestar de nuestros hijos, a Dios muchísimo más. Descansemos en su bondad, su ayuda, su amor, su soberanía y perfecto cuidado sobre la vida de nuestra familia.

Oremos que el Espíritu Santo nos muestre a Cristo y nos enseñe a ser padres conforme al corazón de Dios.

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