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¡Contrólate!

«Locura es hacer lo mismo una y otra vez, pero esperar resultados diferentes», Esta famosa frase, muchas veces atribuida a Albert Einstein, es muy empleada por coaches y motivadores alrededor del mundo para invitar a otros a tener hábitos más saludables. ¿Cómo vamos a esperar estar en mejor estado físico si no hacemos ejercicio? ¿O cómo vamos a proyectar tener un día muy productivo cuando en realidad nos levantamos muy tarde y terminamos haciendo todo a prisa?

Recientemente descubrí que lo mismo pasa en nuestra vida cristiana. Nos sentimos secos o estancados, pero no nos damos cuenta de que no estamos buscando más del Señor y por lo tanto, no obtenemos más.

¡No te comas el malvavisco!

Una de las muestras de carácter más importantes que puede tener el cristiano es el dominio propio. Cuando la Biblia describe al Espíritu que el Señor ha depositado en nosotros menciona tres características: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio» (2 Timoteo 1:7, RVR60). ¡Qué impresionante que el dominio propio sea considerado entre estas características! Sin él, no podremos controlar nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, nuestra carne… ni nuestro pecado.

Así como un deportista necesita «dominar» su cuerpo para levantarse cada día al amanecer y entrenar antes de cualquier otra cosa o para comer de manera saludable, así un cristiano necesita controlar lo que dicta su carne y su corazón para hacer lo que dicta el Espíritu. Un corazón lleno de Dios es uno que sabe poner las cosas del Señor antes que sus deseos personales, es un corazón que ha practicado la resistencia y por lo tanto, no es fácilmente vencido por cualquiera, así como el hombre que cimentó su casa sobre la roca.

¿Alguna vez has visto el experimento del malvavisco? Científicos estudiaron el dominio propio en los niños poniendo un plato de malvaviscos frente a ellos y les dijeron que podían tenerlos todos si esperaban a que ellos fueran a realizar un pendiente y volvieran. Los científicos entonces dejaban a los niños solos con el plato de malvaviscos unos minutos para observar cual era su reacción. Había quienes preferían la gratificación instantánea y sin pensarlo se metían un malvavisco a la boca. Otros, esperaban pacientemente los cinco minutos, sabiendo que la meta era obtener el plato completo al final que volvieran los científicos. Tú, ¿qué tan entrenado tienes tu dominio propio? Puedes verlo en tu vida diaria, ya que si no lo practicas en las cosas más sencillas como comer de más o ver mucha televisión, seguramente tampoco lo controlas cuando te enfrentas a un pecado complejo o a un hábito destructivo.

Cava más hondo

La buena noticia es que no estamos solos en esta búsqueda, pues no es por nuestras fuerzas que podemos alcanzar el dominio propio, sino que es el Señor quien nos lo da y nos fortalece cada vez que lo buscamos. Muchas ocasiones la solución es algo que suena simple y mundano pero que es muy importante: la rutina. Lo que hace fuerte a un deportista no es lo mucho que entrena en un día, sino la constancia de hacerlo todos los días. Lo mismo sucede con las disciplinas espirituales, la diferencia la hará tu rutina.

Así que, cada cosa que sepas que tienes que hacer para llegar más lejos en el Señor, conviértelo en algo que hagas constantemente. Asigna fechas y horarios a tus actividades espirituales. Sobre todo, sé muy intencionado en cada cosa que planees y que hagas. Lo bueno no viene solo, se busca y se consigue con esfuerzo. Quien encontró el tesoro enterrado, lo hizo cavando la tierra.Como muchas veces se ha dicho, la vida cristiana no es una carrera sino un maratón. No importa quién va más rápido, sino quién llega a la meta. «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gálatas 6:9, RVR60).

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