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Descansa en un buen Padre

Esta semana vi una película que me rompió el corazón. La trama era acerca de una mujer inmigrante, que a falta de recursos y frente a la imposibilidad de pedir ayuda por el temor a ser deportada, se vio obligada a dejar a su bebé al cuidado de alguien más. Esto le entristeció mucho, pues lo que más quería era estar con su pequeña. Pero su situación se lo impedía.

Me sentí en parte identificada, pues recientemente a mi bebé le hizo falta algo que yo no le podía dar. Una noche tuvo problemas de fiebre y congestión nasal. Después de haberle administrado todos los medicamentos indicados y otorgado todas las comodidades en mi poder, seguía sintiéndose mal. Y no podía hacer nada por ella más que esperar, pues esto era algo que su cuerpo tenía que combatir.

Un padre perfecto

El día de hoy frente a una situación difícil en mi trabajo sentí que debía rendirme, que aquella situación era más grande de lo que yo podía enfrentar y que sería mejor si de una vez por todas les explicaba que lo encargaran a alguien más. En ese momento me quedé pensando en aquella mujer dejando a su bebé en los brazos de alguien más. O en mí, esperando junto a una cama a que pasara un mal momento de mi hija.

Recordé que tengo un Dios que no es así. Sus recursos no se ven limitados para respondernos. No le hace falta el dinero o alimento para darnos. Tampoco le hace falta la sabiduría para enseñarnos, moldearnos, guiarnos o corregirnos. No se acorta su mano ni deja de sostener nuestra salud. Ni tiene un límite de paciencia que le impida seguir trabajando conmigo.

Todas las cosas que pudiera listar que me hacen una madre imperfecta o hacen imperfectos a otros padres no las encuentro en mi Padre celestial, pues es un Dios perfecto. Dice la Palabra que si siendo malos padres sabemos dar buenas cosas a nuestros hijos, cuánto más él nos dará cosas buenas a sus hijos cuando le pedimos (Mateo 7:11). Él no es como nosotros.

El Padre de Cristo

Jesús llamaba a Dios su Padre, y con ello introdujo este concepto en la Biblia. De hecho, esto le causó muchos problemas, pues los fariseos creían que llamarse hijo de Dios era como compararse a él mismo. Sin embargo, Jesús no sólo era hijo de Dios, sino que por medio de su sangre nos hizo a todos nosotros sus hijos también.

Dicen que la ausencia o presencia de un padre en la vida de las personas forma su identidad y su autoestima. Gracias a Dios por este sacrificio que nos hizo hijos de un Padre que es perfecto, pero que además nos ve con amor, con orgullo y propósito. Un Dios presente, que nos ha hecho suyos y nos ha llamado pueblo escogido, real sacerdocio, nación santa adquirida por Dios (1 Pedro 2:9). Vivamos de acuerdo con esta verdad.

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