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Una sal luminosa.

«Ustedes son la sal de la tierra. Pero ¿para qué sirve la sal si ha perdido su sabor? ¿Pueden lograr que vuelva a ser salada? La descartarán y la pisotearán como algo que no tiene ningún valor». (San Mateo 5:13, 14)

La noche en que el vapor Princess Alice chocó con Bywell Castell a causa de una densa niebla, de los más 900 excursionistas que iban a bordo, 600 perecieron. Dos pescadores estaban amarrando sus barcos y al oír el estallido y los gritos, uno de ellos se dijo: «Estoy cansado, me voy a casa; nadie me verá en la niebla». Los dos tuvieron que comparecer ante un juez para una investigación del caso. Interrogando al primero acerca de si había oído los gritos, contestó que sí. Entonces se le preguntó: «¿Y qué hizo usted?». Él contestó: «Nada, señor». «¿No está usted avergonzado?», le preguntó el juez. «Señor, la vergüenza nunca me dejará hasta que me muera».

Interrogado el otro marino, contestó: «Salté al barco y remé con todas mis fuerzas hacia el naufragio. Atesté mi bote de mujeres y niños, y cuando ya era peligroso seguir subiendo personas a bordo, me fui remando mientras gritaba: “¡Oh, Señor…! ¡Quién tuviera un barco más grande…! ¡Oh, Señor…! ¡Quien tuviera un barco más grande…!”».

Podemos imaginar las palabras dirigidas a estos dos hombres. ¡Cuán distintas habrán sido! Deseo que al tener esta humilde ofrenda (esta publicación) en tus manos puedas hacerte un autoexamen delante de Dios. A la luz de su presencia, que puedas pensar en cómo estás utilizando el tiempo tan precioso que él nos da para desarrollar una santa compasión por las almas perdidas. Y con todo tu ser, decidas desde hoy ponerte a entera disposición de tu Señor, para un servicio más eficiente que lo honre como tu Dios.

Las lámparas no hablan

Coalo Zamorano cantaba lo siguiente, cuando en los inicios de su ministerio, lideró la banda VCV (Vida, Camino, Verdad):

Somos la luz de este mundo

y el sazón que le da a esta tierra sabor.

No te quedes con el tuyo;

sal y deja que Jesús

brille en este mundo.

Me impacta la frase: «¡Somos la luz de este mundo!». Esta es una declaración hecha por el mismo Señor Jesús en el conocido Sermón del Monte, el cual se aplica a cada persona que ha sido redimida —es decir, comprada— por la preciosa sangre de Jesús. Lee con atención el siguiente pensamiento:

Las lámparas no hablan, brillan. Un faro no hace ruido de tambores y sin embargo de muy lejos el marinero puede ver la luz amiga. ¡Que el mensaje principal de tu vida lo predique tu conducta!”

«¿Has oído alguna vez el mensaje del Evangelio?», le preguntó un misionero a un chino que visitaba por primera vez la pequeña iglesia. «No», fue su respuesta, «pero he visto el Evangelio. Conozco a un hombre que era el terror del pueblo. Era esclavo del opio, y más peligroso que una bestia feroz; pero cambió totalmente. Ahora es bondadoso y suave en el trato, y ha dejado de fumar opio».

Lo que dices creer

Carlos Peace, fue un criminal condenado a muerte en Inglaterra. Llegado el día de su ejecución, el capellán le recitó algunos pasajes bíblicos de consolación y del infierno. Carlos, al saberse en un fuego eterno, preguntó al capellán: «¿Cree usted lo que me está diciendo?». El capellán respondió: «Sí». Carlos dijo: «Si yo creyera lo que usted y su iglesia dicen creer, aun y cuando Inglaterra estuviera llena de costa a costa de cristales rotos, yo iría descalzo, de rodillas, a predicar a las gentes que se arrepintieran».

Se dice que una voz fuerte no puede competir con una voz clara, aunque esta última sea un simple murmullo. Es necesario hoy en día que los cristianos presenten un evangelio claro, substancioso y transformador. Lo sorprendente de todo es que Dios quiere llenarte —¡sí, a ti!— de compasión por las almas perdidas.¿Tienes una lista de al menos cinco de esas almas a quienes puedes alumbrar, y con tu vida llevar el sabor de Cristo a la suya?

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