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Generación santa

En su epístola a los Hebreos, el autor de esta epístola nos exhorta a buscar la santidad, mientras nos aclara que sin ella nadie verá a Dios (Hebreos 12:14).

Por un lado, es verdad que al creer en Cristo, Dios nos santifica sin importar nuestros errores pasados y nos abre paso a su presencia por medio de la sangre purificadora de Jesús. Pero también es verdad que Dios no tiene comunión con el pecado, por lo que podemos inferir que se requiere una vida que continúe y avance en verdadera santidad para encontrarse con él de cerca. Cuando los sacerdotes antiguos entraban al lugar de la presencia de Dios a ofrecer los sacrificios requeridos, podían morir si había pecado en sus corazones. Ahora nosotros tenemos la libertad de estar en su presencia sin morir, ya que ha sido pagado el precio de nuestra rebelión, pero esto no quiere decir que ya hemos conocido todo de él ni que hemos sido expuestos a su presencia por completo; queda mucho más por aprender y experimentar de nuestro Dios.

Muchas veces le pedimos que nos muestre su gloria o que nos revele nuevas cosas, pero hemos pasado tiempo usando esos ojos —con los que queremos ver su gloria— pecando, viendo o haciendo cosas que no nos convienen.

El Salmo 24 nos confirma todo esto. «¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño. Él recibirá bendición de Jehová, y justicia del Dios de salvación. Tal es la generación de los que le buscan, de los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob» (Salmo 24). Sí es necesario buscar a Dios, pero para encontrarlo es necesario hacerlo con manos limpias y un corazón puro, es decir, con santidad, según establece este verso y otros en la Palabra.

¿Cómo puedo hallar a Dios?

Algo similar al Salmo 24 podemos ver en 2 Crónicas, después de que el rey Salomón, junto con el pueblo y los sacerdotes de Jerusalén, oraron a Dios y lo alabaron; al buscarle, ellos vieron y palparon de primera mano la gloria del Señor descendiendo sobre el tempo. Narra la Biblia que todo el pueblo se encontraba alegre y gozoso y que no podían dejar de cantar: «Porque él es bueno, y su misericordia es para siempre» (2 Crónicas 7:3, 10). Después de este tiempo, Dios le recordó al rey Salomón lo mucho que le había placido que el pueblo lo buscara y lo adorara, y le reiteró una vez más que había decidido hacer su morada en el templo de Jerusalén. Además, le hizo saber que si algún día el pueblo se alejaba de su Dios y se iba a adorar a otros dioses o a buscar otras cosas, solamente tenían que hacer una sola cosa: «Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2 Crónicas 7:14).

Si algo es claro en nuestra vida, aun hoy en día como lo era claro en las vidas de los israelitas de ese tiempo, es que necesitamos más de él y no lo vamos a encontrar mas que en sus asuntos, en su templo, en buscarlo y alabarlo sólo a él. Es decir, no voy a encontrar más de Dios en los asuntos del mundo, ni mucho menos en el pecado. Más bien, lo encontraremos si nos unimos a esa generación de la que habla el Salmo 24 que es una generación que le busca, que se ha levantado con manos limpias y corazón puro, que no ha elevado su alma a cosas vanas. Esa generación que podrá subir al monte del Señor y estar en su lugar santo, viéndolo a él.

¿Me estoy dejando santificar?

El libro de Ezequiel relata que en una ocasión vinieron al profeta algunos ancianos de Israel y se sentaron delante de él para consultar a Dios. Pero Dios le habló al profeta Ezequiel diciendo: «Hijo de hombre, estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón, y han establecido el tropiezo de su maldad delante de su rostro. ¿Acaso he de ser yo en modo alguno consultado por ellos?» (Ezequiel 14:3). Otra versión termina diciendo a manera similar: «¿Cómo voy a permitir que me consulten?» (NVI). Estos hombres eran ancianos de Israel, sin embargo, no podían consultar a Dios por su pecado. Más adelante en el capítulo, Dios inclusive habla al profeta diciéndole que les advierta que si siguen en esa condición y tratan de acercarse a Dios, él les responderá conforme a la multitud de sus ídolos.

Ahora, no hay que confundirnos aquí, es importante mencionar que por medio de la sangre de Jesús nosotros siempre podemos acercarnos confiadamente al trono de Dios, trono de gracia y de justicia. Pero lo que debe arder en nosotros como preocupación es pensar en si nuestras acciones día a día nos llevan a mayor santidad o si son cosas vanas que no nos permitirán ver a Dios de más cerca, que no me permitirán consultarlo, como sucedió a estos ancianos.

La Biblia nos dice que Jesús «con un solo sacrificio ha hecho perfectos para siempre a los que está santificando» (Hebreos 10:14 NVI). Suena complejo, pero en fe sabemos que Jesús nos ha hecho perfectos delante del Padre mientras trabajamos en nuestra santidad. Entonces, la pregunta que me hago es, ¿estoy permitiendo que él me santifique constantemente?, ¿estoy dejando que el Espíritu Santo me moldee conforme a la estatura del varón perfecto?, ¿estoy fomentando con mis actividades diarias la capacidad en mí para ver la gloria de Dios?

Sabiendo que Cristo no tarda, que el Señor no retarda su promesa, llenémonos de su Palabra, mantengamos la comunión con Jesús y busquemos fervientemente su presencia, a fin de que podamos ser considerados una generación limpia que puede subir al lugar santo y encontrarse con el Padre, sabiendo que en esta tierra no hay nada que pueda reemplazar el gozo de agradar su corazón y poder estar limpios frente a él.

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