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Dios de pactos

¿Qué es un pacto? Según el diccionario de la RAE, un pacto es simplemente «un tratado entre dos personas que se comprometen a cumplir lo estipulado». El significado de la palabra hebrea que se utiliza en la Biblia para hablar de un pacto es de alianza y amistad, pero también de órdenes de autoridad. La primera vez que aparece esta palabra en el libro de Génesis, Dios le dice a Noé que establecerá un pacto con él y entrarán en el arca él y su familia (Génesis 6:18). En este primer caso en el que Dios decide establecer un pacto con el hombre caído, el Señor no solo afirma su amistad con Noé, sino que le ofrece seguridad para él y su familia. Sin embargo, al ser éste un pacto entre dos, Noé tenía que dar algo a cambio, construir un arca.

Sabemos que el pacto que Dios hizo con Noé no fue el último, sino el primero de muchos que Dios utilizó como intentos de restauración de la relación que tenía con el hombre. Veamos una de las características de los pactos de Dios para que podamos conocer un poco más de su carácter:

Requiere algo de ambas partes

Por lo general, cuando se establece un pacto entre dos hombres, el trato implica que ambos tienen un rol que efectuar dentro del pacto y que ambos están de acuerdo con cumplirlo. Un pacto con Dios no es la excepción a esta regla. Dios prometió a Noé seguridad dentro del arca para él y para su familia por medio de un pacto, pero Noé iba a tener que poner de su parte, ya que estaba encargado de la construcción del arca, así como de meter en ella a todos los animales, para que pudiera efectuarse el plan de Dios.

Otro pacto que hizo Dios fue con Abraham: prometió hacerlo padre de una multitud de naciones. A cambio, Abraham tenía que circuncidar a todos los varones de su casa como señal del pacto (Génesis 17), tomando en cuenta que la primera vez que Dios le prometió esto también tuvo que salir de su casa y su parentela, dejándolo todo para ir a la tierra a la que Dios lo llamaba. Sin embargo, al cumplir Abraham su parte del trato, Dios no dejó de ser fiel a su parte tampoco.

Dios es justo

A pesar de que un pacto con Dios requiere poner de nuestra parte, él nunca nos va a pedir más allá de lo que pueda dar por nosotros. Dios le pidió a Abraham a su hijo, y a pesar de que al final le pidió no poner mano sobre él, Dios mismo estuvo dispuesto a dar a su Hijo también por los hombres. Él es el que —dentro de los pactos que hace con el hombre— más dispuesto está a dar, más que el hombre mismo.

Dios siempre cumple su parte

Dios prometió en su pacto con Noé que nunca iba a haber un diluvio que destruyera la tierra de nuevo (Génesis 9:11). Él es fiel, y a pesar de que el hombre cambie su actitud para con Dios, él sigue siendo fiel a su pacto. A pesar de que el hombre no cumpla su parte del trato, Dios siempre cumplirá la suya, ya que así lo ha dicho, y lo que dice, Él lo hará. Podemos confiar en que los pactos que Dios hace en su Palabra, los cumplirá como él lo ha dicho. Incluso cuando nosotros dejemos de ser fieles: «Si fuéremos infieles, él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo» (2 Timoteo 2:13).

En el caso de su pacto con Abraham, quizás no todos los varones de todas las generaciones de Abraham fueron circuncidados, pero Dios cumplió su promesa de hacerlo padre de multitudes y de grandes naciones.

Dios hace más allá de lo que podamos imaginar

Dios le prometió a Abraham por medio de un pacto que tendría una descendencia como la arena del mar de numerosa, y que sería padre de reyes y grandes naciones. También le prometió que el mundo entero sería bendecido por medio de su descendencia. Más adelante, Dios hace un pacto con David y le promete establecer su dinastía para siempre y afirmar su trono por todas las generaciones (Salmos 89:3-4). Sin embargo, este plan de Dios fue mucho más grande de lo que ellos imaginaban, pues incluía al mismo Hijo de Dios sentado eternamente en el trono de David, reinando sobre la humanidad entera y salvando a generaciones sobre generaciones de los hijos de Abraham.

Un nuevo pacto

Después de estudiar todo esto, es necesario saber que hay un nuevo pacto que Dios está buscando establecer entre sí mismo y el hombre; un pacto que sí requiere algo de nosotros, pero no algo que él no haya dado, pues ya ha hecho su parte hace más de dos mil años, y sigue haciendo mucho más de lo que podamos imaginar. Jesús dijo a sus discípulos en la última cena, mientras tomaban la copa de vino: «Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados» (Mateo 26:28 NVI). Su sangre fue la señal y el poder del pacto, y todo el que crea en él puede entrar a su nuevo pacto, terminado en la obra de la cruz. «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?» (Juan 11:25-26). Yo creo en ese pacto, en el Cristo, el Hijo de Dios que vino al mundo; mi esperanza está puesta en él y en su venida. Cuando observo el historial que Dios tiene en su Palabra, en cuanto a cómo cumple sus pactos y sus promesas, sé que puedo estar seguro y que mi confianza está puesta en el lugar correcto.

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