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Me quiere, no me quiere…

¿Recuerdas cuando de pequeñas jugábamos a arrancar los pétalos de las flores pensando y jugando acerca de si un muchacho nos quería o no? Era una tortura que nos hacíamos a nosotras mismas al estar meditando y adivinando acerca de los sentimientos que tenían por nosotras, tortura que en ocasiones parece como si jugáramos de nuevo con nuestros seres queridos porque frecuentemente, sea cierto o no, no nos sentimos amadas por quienes nos rodean, ya sea porque no tenemos pareja, o porque la que tenemos no parece entendernos.

Quizás en ocasiones sientes que no eres valorada en tu lugar de trabajo, que te hacen falta más amistades o que dentro de tu círculo de amigas no eres tan importante como te gustaría serlo. En ocasiones puede ser que sientas que tus hijos no aprecian lo que haces por ellos. Y la lista podría seguir. Todas en algún momento nos hemos sentido de alguna de estas maneras.

Hasta cierto punto, es normal que nos pase esto y es importante que aprendamos a controlar nuestros sentimientos y pensamientos cuando sucede para no dejar que las mentiras afecten nuestra percepción de nosotras mismas y de quienes nos rodean. Pero más que esto, es muy importante que aprendamos a no traducir estos sentimientos a nuestra relación con Dios, pues cuando lo hacemos, nuestros pensamientos acerca de él terminan de una de estas dos maneras: o creemos que igual que los demás, Dios no nos quiere, o reconocemos que nos ama, pero no se nos hace suficiente y buscamos algo más.

Tengo un amigo que me ama

A muchas de nosotras nos cantaban desde pequeñas que Jesús era un amigo que nos amaba y cuyo amor por nosotras era incondicional, tanto así que murió en la cruz para salvarnos. Es por eso que jamás me atrevería a decir que creo que Dios no me ama, puesto que sé que lo hace. Sin embargo, en ocasiones pareciera que aunque estamos seguras de lo que creemos, no lo demostramos en hechos, sino sólo en palabra, pues actuamos como si no supiéramos que a Dios le importamos.

Esta es una mentira peligrosa pues nos aleja de nuestra relación con Dios, nos hace pensar que él no es bueno, que no le importamos y que está lejos de nosotras a pesar de que no es así. Él dio su vida por cada una de nosotras y sigue con los brazos abiertos, dispuesto a encontrarse con nosotras.

¿Es suficiente?

En ocasiones cometemos también el error de estar seguras de que Dios nos ama, pero seguir insatisfechas, anhelando una pareja, el amor de nuestros hijos, etc. Es decir, hacemos comentarios como: «Si tan sólo tuviera una casa más grande, entonces ya podría ser feliz» o «Cuando tenga esposo, entonces sí podré verme satisfecha en Dios». Jesús debe primero ser suficiente para nosotras y satisfacernos completamente antes de poder anhelar algo más, por lo que debemos manifestar siempre contentamiento, aunque las cosas a nuestro alrededor no se desarrollen como quisiéramos.

Jesús es el todo en todo, como dice Colosenses, es lo único que necesitamos y el único que puede llenarnos. Fuera de él, cualquier otro amor que busquemos no podrá satisfacernos. Sigamos adelante, alegres de que el creador del mundo entero nos ama, dio su vida por nosotras y sigue al pendiente cada día de nuestra vida. Busquemos amarlo de vuelta, creer en sus promesas de amor y entregarnos a él, pues es el único amor que necesitamos para ser felices. Y cuando lo entendamos, lo seremos.

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