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Llamado de alerta

Hace poco a una vecina le robaron algo de su casa. En una fiesta del vecindario se pasó preguntando a todo mundo si alguna vez les habían robado. Me di cuenta que ella buscaba cierta validación, alguien que comprendiera cómo se sentía. Cuando llegó mi turno de ser interrogada, mi respuesta fue «Tristemente, sí. Justo hace algunos meses me robaron».

En vez de que esta aseveración fuera una triste noticia para ella, casi se le iluminó el rostro de haber encontrado con quien platicar de este tema. Pudo confiarme que se sentía muy desesperada, enojada y temerosa a la vez, puesto que aunque la situación le parecía muy injusta, pensaba que los ladrones podían regresar y esta vez hacerle algo a ella o a su familia.

Por mi parte, procedí a platicarle que cuando a mí me sucedió, mi reacción fue similar. Inclusive, algunas noches después de lo sucedido batallaba para conciliar el sueño, pues cualquier ruido que escuchaba en la casa me llevaba a asomarme por la ventana o bajar por las escaleras a ver de dónde provenía. Siempre me esperaba lo peor y la causa del sonido terminaba siendo el aire al hacer que alguna ventana golpeara o uno de los perros de los vecinos jugando afuera.

Mi experiencia me llevó a convertirme en una persona alerta. Pero también aprendí sobre otros temas y cómo manejar las emociones que habían venido con esta vivencia.

Esperando al ladrón

Durante ese tiempo posterior al robo, tal como le estaba sucediendo a mi vecina, quizás no actuamos de una manera sana. Estábamos alerta pero por estar preocupadas y temerosas de lo que podía venir. La Biblia nos llama a estar alerta pero de una manera muy distinta.

Jesús habló acerca de esto cuando nos enseñó a estar expectantes de su venida. «Pero entiendan esto: Si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto para no dejarlo forzar la entrada. Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen» (Mateo 24:43-44, NVI).

Así como no sabemos cuándo volverá el ladrón, así Jesús nos advirtió que no sabríamos ni el día ni la hora en que habría de venir. Pero sí nos animó a estar a la espera, despiertos y alerta.

Aprendí en este tiempo que esperar es muy agotador, y más hacerlo de una manera atenta e intencional. Cualquiera podría esperar dormido, pero la Palabra nos llama a hacerlo de manera vigilante. Esto es todo un reto. Dice la Biblia que muchos se desanimarán, pensarán que el Señor está tardando y comenzarán a bajar la guardia. No es a lo que nos ha llamado. Por eso debemos animarnos constantemente los unos a los otros en medio de la espera.

Vigilantes

Por otro lado, la Palabra también nos habla de un ladrón que ha venido a robar, matar y destruir. Ese es, precisamente, uno de los motivos por los que se nos invita a estar alerta. No debemos permitir que este deseo del enemigo se haga realidad.

De nuestro lado tenemos al Espíritu Santo que es mayor que el que está en el mundo, que está dispuesto a pelear nuestras batallas y a guiarnos en el camino de Cristo. No debemos dejarnos ser vencidos por el mundo, no debemos distraernos por lo que está a nuestro alrededor. 

Habrá muchas cosas que existan con la intención de que perdamos nuestra visión, de que nos alejemos del camino, de que dejemos de estar alerta. Pero, si supiéramos que el ladrón viene pronto, nos cuidaríamos. Es por eso que me fue muy útil pensar en lo que los robos recientes en mi colonia habían causado en mí y en mis vecinos: todos se encontraban alerta.

Así de grave deberíamos considerar la espera de la segunda venida, así de vigilante debería ser nuestra actitud, pues no conocemos ni el día ni la hora. No podemos asumir que como tarda el Señor, podemos hacer lo que queramos. Como dice el libro de Hebreos: «Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió» (Hebreos 10:23, NVI). 

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