Primary Navigation

El acreedor que salda la deuda

Tengo un hijo de dos años. Si sabes lo que eso es, entenderás por qué la mayoría de las raras veces en las que terminamos prendiendo la televisión en casa es para ver algún programa infantil. Recientemente nos topamos con la historia de un perrito ladrón de huesos. En su ruta de escape, el perrito no se percató de que había un hondo pozo que se encontraba en el suelo. Así que cayó al interior con todo y su botín de huesos.

A pesar de que había sido un «perro malo», los demás perritos de la ciudad decidieron rescatarlo. Una vez a salvo, el animalito no podía creer que aquellos a quienes les había robado sus huesos terminaran salvándolo. Esto lo dejó totalmente boquiabierto y sumamente agradecido. Exclamó muchas veces: «Esto no lo merezco».

A mi parecer, este tipo de sacrificio siempre es muy llamativo y sorprendente para el hombre. Es inevitable pensar: «¿por qué lo habrán hecho?, ¿por qué lo habrán salvado? ¡No lo merecía! ¡Eso le pasa por ladrón!». Es inconcebible pensar que quien haya recibido el daño decida resolver el asunto y perdonar al deudor y que a esto lo llamemos justicia. Suena inmerecido porque aunque el daño es reparado, no es gracias a la persona que lo causó. 

Muchas veces al toparnos con este tipo de historias, vemos con desagrado a ese personaje que «se salió con la suya» y no recibió su merecido, pues en vez de ello recibió perdón. Sin embargo, cuando así hacemos, no nos damos cuenta que en otras ocasiones hemos sido esa persona.

La actitud del acreedor

El diccionario define a un «acreedor»1 como alguien que tiene  derecho a pedir el cumplimiento de alguna obligación, y comúnmente lo entendemos como quien puede reclamar una deuda que se le debe. Cuando hablamos de nuestra relación con Dios, somos nosotros quienes hemos quedado con una deuda, pues no hemos cumplido con el estándar. Somos como ese perrito que fue atrapado con las manos en la masa y a quien aquel que había recibido el daño, decidió perdonar y rescatar.

Dice la Biblia que Jesús no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse sino que voluntariamente se rebajó a hacerse semejante a los seres humanos, humillándose a sí mismo y siendo obediente hasta la muerte de cruz (Filipenses 2:7-8, NVI). La carta en la que fue escrita esta frase nos anima como sus siervos a tener esta misma actitud.

Me parece que una vez que entendemos el poder de esta palabra y la grandeza de lo que hizo Jesús, eso nos lleva naturalmente, en agradecimiento, a buscarlo y desear ser más como él, por lo que tomar esta actitud, aunque puede ser algo difícil, es una tarea abrazada por aquellos que aman a Cristo.

Así como ese perrito que quedó sorprendido y agradecido con sus compañeros, por consecuente nos vemos en la misma posición. Sin comprender qué vio el acreedor en nosotros que haya decidido saldar la deuda en vez de hacerlo nosotros (que de hecho no podíamos hacerlo), somos guiados a buscar el rostro de Jesús.

Cómo ser buenos acreedores

Podemos notar varias cosas importantes en la actitud de Jesús ante esta situación. Primeramente, su sacrificio fue voluntario. Él mismo lo dijo en una ocasión: «A mí nadie me quita la vida sino que yo la entrego» (par. Juan 10:18). Un verdadero seguidor de Cristo entrega su vida, pues ha muerto a este mundo y vive para él.

También estos versos mencionan que «se humilló a sí mismo». Hoy en día, por lo general buscamos primeramente nuestro propio bienestar. El servirnos a nosotros mismos antes de servir a otros. Jesús nos llama a hacer lo contrario. Eso es lo que nos hace distintos al mundo y lo que logra que podamos sacrificarnos aun cuando seamos acreedores.

Por último, esta carta a los Filipenses dice que Cristo «fue obediente hasta la muerte». ¡Wow! Jesús no se limitó a obedecer hasta que comenzara a serle una carga. Más bien obedeció hasta el final. Nosotros también sabemos qué es lo que tenemos que hacer. Oro para que tengamos la fuerza de ser obedientes hasta el final también.

Esta semana meditemos en esta palabra, en todo lo que Jesús ha dado por nosotros. Y aunque nuestro razonamiento sea como el del perrito que dice: «No lo entiendo ni lo merezco», podamos ser recíprocos a este sacrificio y  asumir la misma actitud que Cristo Jesús.

1 https://dle.rae.es/acreedor

Comentarios en Facebook


Publicidad
Blogs recientes

Constante

El llamado

Como la tortuga

Un deseo piadoso

El truco de magia

Las tres cosas de Dios que ser mamá me enseñó

El as bajo la manga

Llamado de alerta

La responsabilidad del entendido

En busca de lo perdido

Conéctate
Se el primero en conocer los nuevos posts.
Respetaremos tus datos
Comparte en tus redes