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Sacrificios vivos

¿Alguna vez has tenido que tomar una decisión difícil o enfrentar un problema al que no le encontrabas solución? ¿Alguna vez te has sentido abrumado por los quehaceres de tu trabajo u hogar y comenzaste a sentir que se salen de tu control? Para mí, muchas veces este tipo de frustraciones vienen por hacer planes y que las cosas no salgan conforme a ellos. Me molesta mucho ver que las cosas no sucedan como yo imagino y se me olvida tomar al Señor en cuenta, considerar su visión perfecta de las cosas, su sabiduría, y el hecho de que él siempre está al control de todo.

Muchas veces tomo decisiones sin siquiera orarlo antes y termino por desesperarme porque las cosas se salgan de mi control. El día de hoy, mientras pensaba en las decisiones y en los planes que he tenido que tomar últimamente, me topé con el siguiente versículo: «Así que hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional» (Romanos 12:1).

A pesar de que muchas veces escuchamos este versículo, nunca había pensado en cómo es que dice que nos presentemos como sacrificio vivo. ¿Cómo puede un sacrificio estar vivo? ¿En qué consiste dicho sacrificio? Porque, a pesar de que hable de que está vivo, no deja de ser un sacrificio, una ofrenda o un esfuerzo que hacemos al Señor. Mi teoría comenzó así: Cuando llevamos algo al altar, ¿qué se espera que suceda? La muerte. Sin embargo, nosotros, a pesar de realizar dicho sacrificio, no morimos, gracias a la vida eterna que Cristo nos ha otorgado. Aun así, seguimos siendo sacrificios como si efectivamente estuviéramos muertos. «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).

Aunque respire, yo ya no vivo en la carne, sino en la fe del Hijo de Dios. Aunque tenga vida, no me pertenece. Mi destino es vivir enteramente y eternamente para el Cordero que es digno, que derramó su sangre, que pagó dicho sacrificio y murió por nosotros.

Nueva visión del sacrificado

Hay un himno muy famoso que dice que aunque éramos ciegos ahora podemos ver. Así deberían ser nuestra vida ahora, tener una visión y un color muy distinto los que tenían antes de que conociéramos al Señor. Sin embargo, en ocasiones me encuentro pensando y preocupándome, como mencionaba, por las decisiones que tengo que tomar, por las cosas que tengo que hacer y no encuentro esta paz y esta visión en mi interior.

Cuando Pablo dice que lo que vive en la carne—en lo físico— lo vive realmente en la fe del Hijo de Dios, quiere decir que ahora con esta nueva visión busca las cosas del Señor y glorificarlo en cada cosa que haga. Significa que como sacrificios que hubieran muerto, ahora no hacemos lo nuestro, sino que dependemos de él y de lo que tenga para nuestras vidas.

Si no muero, no podré ver la vida eterna, no podré compartir con Cristo glorificado en la casa del Padre, cuando todos aquellos que han sido sacrificios vuelvan a casa. Tenemos que encargarnos de los asuntos de nuestro Padre, como Jesús hizo desde los inicios de su vida. Entre más así yo hago, más él se encarga de mis cosas y mis necesidades.

La meta del sacrificado

Sea mi meta el buscar siempre asir aquello para lo cual fui asido; que mi casa brille siempre con la luz de Jesús para salvación y edificación de muchos. Mi vida sea siempre puesta sobre el altar, porque ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí. Si queda mi carne como el cuerpo de Cristo, entonces habré logrado lo que espero. Porque mi vida no es mía, no la quiero. Le pertenece a aquel que dio la suya a cambio, para que haga lo que él quiera con ella.

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