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Reflexiones de un incendio

Los que habitamos en los estados mexicanos de Nuevo León y Coahuila vivimos un suceso que nos ha mantenido bastante consternados. Al momento más de 8,000 hectáreas de la sierra han sido consumidas por un voraz incendio que ya provocó el desalojo de más de mil personas. Hemos estado orando para que pronto el fuego pueda ser controlado, y no obstante que pocas cosas buenas pueden decirse al respecto —una de ellas es que recientemente comenzó a llover— este suceso me llevó a recordar y reflexionar algo muy importante.

El comienzo de la devastación

Se especula que fue la negligencia de algunas personas al manejar indebidamente una fogata en un asador de carne lo que originó el incendio. Cuando se estudia este tipo de desastres naturales, uno se sorprende al describir que una devastación de tal magnitud puede comenzar con algo tan pequeño y aparentemente insignificante como un fósforo. Esto nos da pie a la reflexión que mencionaba previamente. Santiago 3:5-6 (NVI) dice:

Así también la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero hace alarde de grandes hazañas. ¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende a su vez fuego a todo el curso de la vida.

¡Que interesante que Santiago utilice la analogía de la chispa que incendia un gran bosque para hablar de la lengua! Si algo podemos aprender del incendio en la sierra —que por casualidad lleva el mismo nombre del apóstol— es que una pequeña palabra, un pequeño chisme, tiene la capacidad de generar destrucción irreparable.

La lengua y la iglesia

Santiago dice que la lengua es un órgano que puede contaminar todo el cuerpo y Pablo nos llama a nosotros los creyentes «el cuerpo de Cristo». La murmuración dentro de la iglesia tiene la capacidad no solo de separar amigos sino de incluso dividir a toda la congregación. La vida espiritual de las familias puede verse gravemente afectada por las palabras de unos pocos, así que, la próxima vez que vayas a hacer algún comentario, ¡cuida muy bien lo que vas a decir!

Eso no quiere decir que no puedas expresar tus diferencias o desacuerdos, pero debes de hacerlo con la persona y de la manera correcta. Imagina que tienes un problema con un miembro y vas con un tercero y se lo externas. Después, el Espíritu Santo redarguye tu corazón y vas con tu hermano a resolver el conflicto. Lo triste es que ese tercero pudo haber ya esparcido el chisme a tal grado que sea imposible para ti hablar con todos los que se enteraron, creando así una imagen negativa de tu hermano en la fe.

Consejos para externar correctamente las diferencias

Cuando estés en desacuerdo con algo o alguien en la iglesia, toma en cuanta los siguientes consejos:

  1. Expresa directamente tus diferencias con la persona involucrada para evitar chismes y murmuraciones.
  2. Comunica tus ideas con humildad y amor, asumiendo tu responsabilidad en el conflicto.
  3. Evita hablar mal de los líderes con otras personas de la congregación. Desarrolla la confianza con ellos para poder tener una comunicación abierta sin dejar de lado la honra.
  4. No hables con la otra persona en el calor del enojo. Espera a tranquilizarte para que tus ideas no se vean nubladas por las emociones.
  5. Recuerda el ejemplo de Cristo, su corazón misericordioso y compasivo.
  6. Recurre al poder del Espíritu Santo cuando el dolor sobrepase tu capacidad de amar.

Somos llamados a edificar la iglesia, pero fuimos equipados con una herramienta que así como tiene la capacidad de construir, también la tiene para destruir. Usemos sabiamente nuestras palabras. «La lengua que brinda alivio[a] es árbol de vida; la lengua insidiosa deprime el espíritu» (Proverbios 15:4, NVI).

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