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La cruz, el camino de la gloria

El día de hoy millones de cristianos alrededor del mundo celebramos y hacemos memoria de lo que Jesús hizo en ese día que él mismo anunció con su oración: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo…» (Juan 17:1, RVR1960).

Si no estuviéramos familiarizados con la historia, nos sorprendería en gran manera la idea que Jesús tuvo en mente cuando le pidió a su Padre que lo glorificara. La idea que yo tendría en mente quizás se asemeja más a aquella ocasión cuando fui a un estadio de fútbol y cerca de 50,000 personas coreaban a una voz el nombre el jugador estrella, rendidos en homenaje por sus logros en el partido. O tal vez aquellos artistas que logran conquistar el corazón del público en el Festival Internacional de la Canción en Viña del Mar, siendo galardonados con la Gaviota de Platino, uno de los premios más emblemáticos en el ambiente musical. O bien, cuando un reconocido actor sube al escenario de la Academia a recibir la estatuilla del Oscar mientras es vitoreado por los mejores actores de todo el planeta. Pero no, la idea de «gloria» que Jesús tiene en mente es completamente distinta.

La gloria de la cruz

El camino que Jesús decidió tomar no es el que marcaron los hombres, sino Dios mismo. Cristo prefirió ser celebrado por el Padre que por la gente, aun y cuando en vez de aplausos, en esta tierra, él recibiría insultos y en vez de flores, escupitajos. En vez de un escenario lleno de reflectores, él prefirió una cruz. El mismo contraste y dilema al cual nos enfrentamos nosotros hoy, de elegir entre lo popular y lo trascendente, entre el placer momentáneo y la gloria eterna. ¡Qué impresionante que el lugar de mayor vergüenza para los hombres representa el lugar de mayor gloria para el cielo!

Cuando anhelamos ser celebrados por las personas, nuestro egoísmo se puede ocultar detrás de los aplausos, pero en la cruz quedan expuestos la entrega y el amor más puro, la abnegación, la compasión y la manifestación más sublime de humildad: la única clase de valores y virtudes que satisfacen el corazón del Padre.

Trofeos de su gracia

Jesús fue glorificado por el Padre en la cruz también porque mediante ese acto él salvaría a una humanidad hundida en perdición y desesperanza. Todos los que creemos en él recibimos la vida eterna, y tenemos libertad para darle gloria y alabanza desde cada aspecto de nuestra vida. Los que antes éramos objetos de deshonra, ahora somos los trofeos de su gracia, llamados a levantar la bandera de la verdadera gloria, el estandarte de la cruz; llamados a proclamar que mediante el derramamiento de la sangre del Hijo de Dios, encontramos perdón, sanidad y salvación.

Por eso hoy, Viernes Santo, es un día para hacer memoria en alabanza. ¡El Hijo fue glorificado y su gloria es la cruz! Nuestra boca se llena con gratitud y adoración, y nuestra voluntad, con el deseo de seguir sus pisadas. La cruz es gloria, y Jesús, el rey exaltado por todas las generaciones.

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