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Arroz con leche, me quiero casar

Dios creó el matrimonio, por lo cual es importante preguntarle al que lo diseño, para qué lo hizo.

Cuando deseas entrar en una relación con miras al matrimonio, es muy importante también preguntarte para qué o porqué quieres casarte y no qué beneficios quieres sacar de la persona con la que has establecido una relación y con la que proyectas casarte o estás por hacerlo.

Desafortunadamente, muchos jóvenes —y algunos adultos— entran a la vida matrimonial con una mentalidad incorrecta, pesando en «qué me puede dar», enfocándose en «todo lo que siento» y con expectativas de «todo lo que quiero recibir: felicidad, plenitud, romance…», ya sabes… la ingenua idea de permanentes mariposas en el estómago y de «se casaron y vivieron felices para siempre».

La realidad es Dios creó el matrimonio con el propósito de santificarnos. ¿Habías pensado en eso antes? Es una idea escalofriante en cierta forma si vienes del enfoque de «lo que puedo sacar de esto», porque lo que vas a sacar —garantizado— no será exactamente lo que estás esperando. Ahora podemos comprender la razón de muchos divorcios.

Sin embargo, no te desanimes: si estás pensando en buscar pareja o tu noviazgo se enfila hacia la boda, todavía estás a tiempo de reenfocar tu visión y tu relación para cumplir de la mejor manera el propósito que Dios tiene para ustedes como personas individuales que se convertirán en una sola carne, es decir, para eso nuevo que serán al casarse.

Complementar vs. completar

Cuando entiendes que la persona con la que has establecido o establecerás un vínculo matrimonial esta ahí para complementarte, y no para completarte —porque Dios ya te hizo alguien completo en él— pones encima de la persona mucho menos carga o responsabilidad. De esa manera, es libre para complementarte y pueden hacer vida juntos, a la vez que crecer y santificarse el uno al otro gracias a Jesús, sin depender de una manera no saludable del otro para la felicidad y la plenitud, algo que en realidad únicamente Dios puede dar a ti y a esa persona.

Teniendo los dos claro esto —que Dios creó el matrimonio con un propósito (que no es servirte del otro)— es mucho más fácil y muchísimo más enriquecedora la experiencia del matrimonio, especialmente si se trata de esposos jóvenes, que apenas van comenzando su caminar juntos. Por eso es muy importante tener esto en mente desde antes de pronunciar las famosas palabras: «Sí, acepto».

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