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En manos de un gigante

Cuando era pequeña, una de mis películas favoritas era la de Pulgarcita. Esta extraña historia acerca de una niña que nació de una flor y nació tan pequeñita que cabía en las manos de su mamá, aun cuando ya era adulta. Me impresionaba mucho lo difícil y sorprendente que hubiera sido el mundo para ella, un mundo en el que las cosas estaban hechas para personas muchísimo más grandes. Hubiera sido en ocasiones aterrador.

Hace poco leí en la Palabra los siguientes versos que escribió el rey David después de haber sido librado de sus enemigos. Esto lo dice después de declarar que lo perseguían y que se dispuso a clamar al Señor, quien lo escuchó. «La tierra fue conmovida, y tembló, y se conmovieron los cimientos de los cielos; se estremecieron, porque se indignó él. Humo subió de su nariz, y de su boca fuego consumidor; carbones fueron por él encendidos» (2 Samuel 22: 8-9). Más adelante continúa describiendo a Dios de la siguiente manera: «Envió sus saetas, y los dispersó; y lanzó relámpagos, y los destruyó. Entonces aparecieron los torrentes de las aguas, y quedaron al descubierto los cimientos del mundo; a la reprensión de Jehová, por el soplo del aliento de su nariz» (2 Samuel 22:15-16).

Mientras leía esto, por un momento me sentí como la Pulgarcita del mundo real, reconociendo que existe un Dios que es gigante en comparación a mí, no solo físicamente como en el caso de este cuento, sino en todos los sentidos. El Señor es más grande que yo en sabiduría, en majestad, en gloria, en conocimiento y en mil y una cosas más.

Cuidados por su mano

Sin embargo, a pesar de darme cuenta de esto, no me sentí atemorizada como yo creo muchas veces se sintió este diminuto personaje. Sino que esto me sirvió para pensar en que alguien así de grande cuida de mí y me guía. Así describe David a este gigante que es Dios. «Envió desde lo alto y me tomó; me sacó de las muchas aguas. Me libró de poderoso enemigo, y de los que me aborrecían, aunque eran más fuertes que yo» (2 Samuel 22: 17-18). Así es el Dios que tenemos.

Muchas veces nos adentramos y concentramos en los problemas que atravesamos y se nos olvida que tenemos un Dios poderoso que pelea por nosotros, y que es aun mayor que cualquier cosa que podamos enfrentar en nuestra debilidad.

Así que, como hizo David y muchos otros personajes de la Biblia, declaremos todos los días la grandeza del Dios que tenemos. Y que no se nos olvide nunca, para que podamos ver las cosas como son y responder a nuestros problemas y circunstancias no de acuerdo a la dificultad de éstos, sino a la grandeza de nuestro Dios. «Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (Salmo 90:2).

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