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De Dios para su iglesia

Jesús habla en el libro del Apocalipsis, a través de Juan, un mensaje importante a las siete iglesias de Asia. Para cada una de ellas tiene una revelación especial acerca de algo específico que necesitan aprender y que Jesús desea revelarles.

Cada una de las iglesias, que podemos conocer a través de este mensaje que Juan les envía, se parecen a la iglesia moderna en algunos detalles. Últimamente he estado meditando en lo que la iglesia moderna puede aprender en lo que Jesús enseñó a la iglesia de Laodicea, la última a la que se dirigió.

El testigo fiel y verdadero

Primeramente, Jesús se les revela como el Amén, el testigo fiel y verdadero. Les recuerda que él es quien es siempre igual, que nunca cambia, que sigue siendo fiel a pesar de los errores que ellos hayan hecho o de los pecados que hayan cometido. Jesús les recuerda que sus promesas siguen siendo válidas, sin importar qué. Sin embargo, también les dice: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo» (Apocalipsis 3:19). ¿Qué quiere decir esto? Que Dios es fiel y sigue estando a nuestro lado, pero tiene que hablar a nuestras vidas de diversas maneras, a veces reprendiéndonos en nuestros errores, poniendo pruebas que nos lleven al arrepentimiento o al crecimiento, y alejándonos de aquellas cosas que no nos convienen. Es como un padre amoroso que quiere a sus hijos y por lo tanto los corrige en el tiempo adecuado.

El principio de la creación

Jesús también les recuerda que ellos siempre necesitarán de él, ya que se presenta a sí mismo no sólo como el testigo fiel sino también como el principio de la creación. Al decir que él es el principio, también está diciendo que es lo más importante, lo preeminente y lo principal. A veces el hombre cree ser el centro de la creación, pero Jesús es primero. No es la creación la que es necesitada por él, sino que lo necesitamos nosotros a él. Esto también es posible de entender más adelante cuando les dice: «Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (Apocalipsis 3:17). Es necesario pedir a Dios que nos deje ver y darnos cuenta de que solos no podemos, sino que lo necesitamos cada día para poder seguir adelante.

El Santo

Finalmente, una cosa que requiere Dios de ellos es la santidad. Puedo ver un hermoso amor por parte de Dios que anhela que ellos permanezcan en santidad para poder tenerlos cerca. Pero, con esa altivez, con esa soberbia y con ese pecado Dios no puede obrar si no comienzan un cambio en su vida. Jesús los invita a esta santidad y les dice: «Yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio para que veas» (Ap. 3:18)

Hace poco leía un comentario respecto al oro refinado, y se mencionaba que se necesitaba pasar por fuego para que quedara totalmente limpio; si permanecía frío, sin fuego, la suciedad quedaba oculta y no se podía distinguir el oro puro de la suciedad. El fuego, así como con el oro, saca a la luz todo pecado. A pesar de que esto pueda doler, es necesario para una vida santa, en la que todo pecado e imperfección es eliminada poco a poco a través del fuego de la prueba.

Con esto termina su mensaje: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono» (Apocalipsis 3:20-21). Este sigue siendo vigente para nosotros cada vez que queramos acercarnos a él.

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