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El problema no es el tiempo

Todos coincidimos en que el tiempo es uno de los recurso más valiosos que tenemos. El tiempo que pasa no lo podemos retener, por eso las personas están conscientes de la importancia de invertirlo de la manera correcta. Por ejemplo, el tiempo perdido con los hijos ya no lo podremos recuperar, porque en un abrir y cerrar de ojos ellos han crecido y las etapas han pasado. ¿Cuántos no estarían dispuestos a dar millones y millones con tal de poder regresar el tiempo? Lamentablemente, «Volver al futuro» es sólo una divertida trilogía de películas de Robert Zemeckis.

La principal excusa

Por otra parte, cuando se trata de servir a Dios, o cuando se trata de compartir el evangelio, usualmente una de las principales excusas que ponemos para no hacerlo es precisamente «la falta de tiempo».

¿Será realmente que el problema es la falta de tiempo? Si lo vemos a la luz de su virtud, a la luz de nuestra facultad de invertirlo en las cosas más valiosas e importantes, nos daremos cuenta que el problema no es la falta de tiempo sino las prioridades equivocadas. No servimos a Dios o no compartimos el evangelio porque desplazamos dicha labor por cosas «más importantes» para nosotros.

Perspectiva equivocada

Los seres humanos buscamos ser gratificados de manera instantánea. Tan pronto hemos terminado nuestro trabajo, ya estamos esperando la paga correspondiente. Lo difícil del servicio a Dios es que somos llamados a trabajar por cosas que no podemos ver y la recompensa la recibiremos no en esta era, sino en la eternidad. Por esto, muchos optan por invertir su tiempo en cosas más «redituables» desde una perspectiva terrenal. Por eso el apóstol Pablo se vio en la necesidad de animar a los corintios para que perseveraran en el servicio a Dios: «Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano». (1 Corintios 15:58, NVI).

El verdadero problema

¡El problema no es el tiempo, es el lugar que ocupa el Señor en nuestro corazón! No será hasta que él sea lo primero y lo más importante en nuestra vida, que lo consideraremos digno no solo de rendirle nuestro tiempo, sino nuestra vida entera.

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