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Victoria en el ring

Uno de los principales temores que golpea a la gente de hoy es el miedo hacia el futuro, desde luego, un futuro en el que exista pobreza, fracaso, enfermedad y soledad, entre otras cosas.

En general, es un «futuro malo» a lo que la gente más le teme en la actualidad. En su lucha contra este tipo de miedo, el ser humano se ha convertido en experto en desarrollar respuestas paliativas para ese temor, y por supuesto, se ha vuelto muy diestro en el arte de venderlas. ¿Tienes miedo de volverte pobre? ¡Juega a la lotería! ¡Invierte en tal o cual cosa! ¿Temes envejecer? Aquí está el sitio web del mejor cirujano plástico. ¿Tienes miedo de relacionarte? Para eso están las redes sociales, donde no tienes que exponer quién eres en realidad. ¿Tienes miedo de enfermarte y morir? «¡He aquí la dieta milagrosa que lo previene todo y lo cura todo! Solo marca el número que está en pantalla y no te llevarás un paquete de la dieta milagrosa, no te llevarás dos, no te llevarás tres, te llevarás ¡cinco paquetes por el precio de uno!».

El problema con esto es que vivir la vida en este estado constante de temor nos paraliza y nos impide disfrutar la buena intención de Dios para con nosotros aquí en la tierra (y también tiende a vaciar nuestros bolsillos).

Una revelación que cambia perspectivas

La Biblia, la Palabra de Dios, nos ofrece un antídoto para el temor. Se trata del amor. Lo vas a ver en la primera carta del apóstol Juan, en donde las Escrituras enseñan que «el perfecto amor echa fuera el temor, y que todo aquel que teme no ha sido perfeccionado en el amor» (1 Juan 4:18). En otras palabras, cuando tienes una revelación del amor del Padre hacia ti, vas asumir esta vida como un hijo, como un ganador, no como una persona que todo el tiempo está esperando que le ocurra algo malo, sino como un boxeador que se para en el cuadrilátero a pelear sabiendo que va a ganar la pelea.

Creo que nadie lo pudo decir más claro que el autor de Romanos, el apóstol Pablo, cuando declaró: «Ustedes no han recibido un espíritu que los esclavice al miedo. En cambio, recibieron el Espíritu de Dios cuando él los adoptó como sus propios hijos. Ahora lo llamamos “Abba, Padre”. Pues su Espíritu se une a nuestro espíritu para confirmar que somos hijos de Dios. Así que como somos sus hijos, también somos sus herederos. De hecho, somos herederos junto con Cristo de la gloria de Dios; pero si vamos a participar de su gloria, también debemos participar de su sufrimiento» (Romanos 8:15-17).

Desde luego y como puedes ver al final de esos versículos, esta es una batalla que no puedes evitar; vas a tener que enfrentarla, pero la diferencia es que lo harás desde la perspectiva de la victoria, desde una posición de un hijo amado y ya no desde una posición de temor, como quien desde antes de subir al ring cree que va a perder la pelea.

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