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La certeza de ser lo que esperas ser (Parte 1)

«Es pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no sé ve» (Hebreos 11:1)

Se dice que en cierta ocasión el emperador Napoleón se encontraba delante de un grupo de soldados, cuando de pronto su caballo se desbocó. Entonces un soldado raso se lanzó hacía el caballo, y tomándolo del freno, pudo detenerlo. Se dice que Napoleón saludó al soldado y le dijo: «Gracias, mi capitán».

El soldado se sorprendió al oír a Napoleón decirle «capitán», pues él era un simple soldado, pero inmediatamente pensó que se encontraba delante de Napoleón y que si él quería, podía hacerlo capitán. Así que, saludó a su Emperador y le preguntó: «¿De qué regimiento, mi Emperador?», a lo que Napoleón contestó: «De mi guardia personal».

Aquel soldado se presentó como capitán ante el jefe de la guardia personal de Napoleón. El oficial, viéndolo con uniforme de soldado raso, le preguntó: «¿Capitán por ordenes de quién?». «Por ordenes de mi Emperador Napoleón I». En ese momento dejó de ser soldado raso y llegó a ser capitán. Si este soldado raso no hubiese tenido fe, habría pensado: «Mi Emperador me dice capitán, pero yo no soy más que un soldado raso. Por el susto que le dio el caballo, se equivocó y me dijo capitán», y se hubiera ido a tomar su lugar, permaneciendo como soldado raso tal vez toda su vida.

Para toda ocasión

Muchas veces aplicamos el pasaje de Hebreos 11:1 —«Es pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no sé ve»— sólo para ocasiones especiales. Por ejemplo, cuantos nos encontramos enfermos y hemos tomado todos los medicamentos recetados y no hay mejoría aparente, o cuando andamos «volando bajo» respecto de nuestras finanzas y buscamos cómo mejorarlas sin lograr resultados; entonces nos decimos a nosotros mismos: «¡Debo tener fe en Jesús! ¡Él me sanará y proveerá para mis necesidades!». Todo lo anterior está muy bien, pero creo que la fe se debería aplicar a todas las áreas de nuestra vida.

Lee las siguientes declaraciones:

—Soy nini.*

—Tengo mal genio.

—No hablo bien en público.

—Soy ladrón.

—Soy el peor de mi clase.

—Tengo antecedentes penales.

—No tengo mucha preparación.

—Llegué a practicarme un aborto.

—Soy alcohólico.

Nuestras respuestas a esto pudieran ser más o menos así:

—¿Cómo que nini? ¡De ahora en adelante se me consigue un trabajo honrado y deja de vaguear!

—El que tenga mal genio, que cambie de actitud y deje de molestar a su prójimo.

—¿El peor de la clase? ¡Que estudie de una vez!

—Etcétera, etcétera…

Nuestras respuestas son buenas, pero se necesita algo más que eso. Si estás en una de estas situaciones y quieres cambiar para no conformarte con los desordenes en tu vida, lo que necesitas es la certeza de lo que esperas llegar a ser (no de lo que eres).

No únicamente deseos

Cierta mañana un trabajador le contó a su esposa el siguiente sueño que había tenido la noche anterior: «Soñé que se me acercaban cuatro ratas; la primera era muy gorda, las dos siguientes estaban muy flacas, y la cuarta estaba ciega». El hombre estaba muy preocupado porque, según se le había dicho, era un presagio muy malo eso de soñar algo con esos animales. La esposa del trabajador, tan supersticiosa como su marido, tuvo miedo y no sabía como interpretar aquel sueño funesto. El hijo de ellos, que era muy inteligente y nada supersticioso, y que no tenía mucho respeto por su padre, sirvió de «José» para aquel moderno «faraón», e interpretó el sueño: «La rata gorda», dijo el joven, «es el tabernero de la esquina, que se come todo lo que ganas. Las otras dos flacas somos mamá y yo, que no tenemos qué comer, y la ciega eres tú».

Al igual que los ejemplos anteriores, si este hombre quisiera librarse de su pecado, no le alcanzaría con el solo quererlo, o con su voluntad. Él necesita tener su certeza de lo que espera: «He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá» (Habacuc 2:4).

Lo que te va a mantener firme en el cristianismo es tu fe. Pero no puedes descansar en la fe ajena. Se dice que detrás de todo triunfador, siempre hay alguien que dice: «Yo fui compañero de banca en el colegio». Este dicho no es admisible en cuanto a la fe. Ahora te diré cómo obtenerla: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:7). Pero es necesario que oigas la palabra de Dios con tus «oídos espirituales». La pregunta que surge es cómo logramos escuchar de esa manera. La respuesta y la conclusión de esta reflexión la encontrarás en la Parte 2 de esta entrada, este próximo lunes.

*Nini: Es decir, que ni estudia, ni trabaja… y para el caso, ni hace nada productivo.

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