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De generación en generación.

¿Has leído los libros de Reyes y Crónicas en la Biblia? Estos relatan la historia del pueblo de Israel después del rey David, de los reyes que tomaron su lugar. Si has leído de corrido la historia de los reyes, te darás cuenta de que la Biblia habla acerca de muchos reyes de Israel y de Judá, y por lo general siguen un patrón: nos topamos con un rey que fue bueno y buscó al Señor, pero después encontramos a otro que lo sucedió y que era un rey desobediente e idólatra. Y vemos el patrón repetirse en todos estos capítulos: un rey bueno, luego un par de reyes malos, luego otro bueno, etc. Esto nos habla de que muchos de ellos fueron gobernantes que, a pesar de que amaron al Señor, no pudieron transmitir ese amor y respeto a la siguiente generación.

Mientras yo esté bien

Puede haber muchas razones por las que los reyes no lograron transmitir un amor por el Señor a las siguientes generaciones. Quizás no pasaban tiempo suficiente con sus hijos, o no se dieron a la tarea de ser un buen ejemplo en la vida de ellos. Sin embargo, hay un rey en específico en el que podemos ver un claro e importante motivo. Este es Ezequías.

El capítulo 18 de 2 Reyes narra cómo Ezequías fue un rey que hizo lo que agradó a Dios y derribó los altares dedicados a los ídolos. Pero habla también que en una ocasión el profeta Isaías le hizo saber que en un futuro su pueblo sería llevado en cautiverio. ¿Cuál fue la respuesta de Ezequías? «—El mensaje del Señor que tú me has traído es bueno— respondió Ezequías. Y es que pensaba: —Al menos mientras yo viva, sin duda que habrá paz y seguridad» (2 Reyes 20:19 NVI).

Esto nos habla acerca del corazón de Ezequías y de cómo no tuvo una visión que impactara no solo en su tiempo, sino también en el de sus descendientes. Sin duda que esto tuvo consecuencias a futuro.

Una generación cautiva

Habla más adelante el segundo libro de Reyes, que al morir Ezequías, tomó su lugar en el trono su hijo Manasés. «Manasés hizo lo que ofende al Señor, pues practicaba las repugnantes ceremonias de las naciones que el Señor había expulsado delante de los israelitas. Reconstruyó los altares paganos que su padre Ezequías había destruido; además, erigió otros altares en honor de Baal e hizo una imagen de la diosa Aserá, como lo había hecho Acab, rey de Israel. Se postró ante todos los astros del cielo y adoró» (2 Reyes 21:2-3 NVI).

Manasés había visto el ejemplo de tener una nación bajo el mando de Dios, pues su padre había sido bendecido por su obediencia y Judá había sido prosperada. Sin embargo, Manasés no logró entender la importancia de esa visión con la que su papá dirigió su reino, y el mismo Ezequías no supo o no le interesó transmitirlo. En consecuencia, Manasés fue testigo de cómo su pueblo fue llevado en cautiverio por Babilonia, y él mismo fue puesto en cadenas. La falta de visión del rey Ezequías afectó a todo un pueblo durante muchas generaciones.

Tengamos visión

Vivimos hoy en día tiempos en los que a cada quien le gusta pensar en sí mismo. Incluso, muchos de nosotros decidimos —contrario a lo que la cultura dictaba en tiempos pasados— no tener hijos porque preferimos gastar lo que ganamos en viajes, autos o cosas que nos satisfagan personalmente. Así mismo, estamos frente a una de las épocas más precarias en cuanto a la salud ambiental del mundo, y a muchos no parece importarnos, pues preferimos seguir comprando las cosas que nos gustan, o haciendo lo que queremos, antes que sacrificarlo debido a la basura que generamos.

Podríamos pensar en muchos ejemplos que vemos hoy en día y que nos recuerdan que en estos tiempos tampoco pensamos en las generaciones que vienen después de nosotros. Hablando espiritualmente, también es así. Preferimos vivir la vida que nos agrada que ser de ejemplo para nuevos hermanos en la fe; preferimos hacer las cosas que nos ocupan en el día a día, que tomar un tiempo para conocer a quien es nuevo en la iglesia, visitar a alguien que está enfermo o ayudar a quien se encuentre en problemas.

Muchas veces, sin darnos cuenta, pensamos como Ezequías, «Mientras yo esté bien, todo estará bien», sin ponernos a pensar que no es lo que Cristo espera de nosotros; sin darnos cuenta que esta visión puede afectar a las siguientes generaciones, a los nuevos cristianos que observan cómo funciona la vida en el Evangelio, y a los jóvenes y niños que nos miran cada día, analizando y comparando cómo se relaciona lo que ven en nosotros con lo que les decimos que la Palabra dice que debe ser.

Esforcémonos en ser cristianos entendidos, con una visión eterna que trascienda para bien a las generaciones que vienen después de nosotros, pues es así como Dios ve las cosas también. Él es quien se llama a sí mismo «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», quien hizo un bien a Israel por amor a David, y quien envió a su hijo por una promesa hecha a un hombre muchas generaciones atrás. Dios se sigue moviendo, generación tras generación. Busquemos su reino de la misma manera.

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