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Espíritu Santo, ¿anfitrión o inquilino?

La Biblia dice que el Espíritu Santo habita en nosotros, pero en este cuerpo al que Dios llama templo de su Espíritu, ¿estaremos dándole lugar como anfitrión o como inquilino?

Un dueño de casa está a cargo de su propiedad, puede tomar decisiones sobre ella, es quien decide quién entra y quién no, se ocupa de arreglar lo que no está bien, da órdenes y verifica que se ejecuten. Cuando algo está mal, lo arregla, se mueve por todo el espacio sin restricción y tiene libre acceso a cualquier rincón de la construcción.

Por otro lado, un inquilino no puede tomar decisiones sobre la estructura aunque sea él mismo quien haya detectado una falla. Un huésped debe estar de acuerdo con las normas del dueño para poder habitar allí y debe abandonar la propiedad cuando éste lo considere necesario.

1 Corintios 6:19 dice: «¿No se dan cuenta de que su cuerpo es el templo del Espíritu Santo, quien vive en ustedes y les fue dado por Dios? Ustedes no se pertenecen a sí mismos». A todos nos gusta que Dios nos llame templos y más si es de su Espíritu, pero poco nos anima que nos recuerde que ya no somos dueños de nosotros mismos.

Un templo es un edificio sagrado que está dedicado a una divinidad y tiene relación con ella, que merece respeto excepcional y no puede ser ofendido. Cuando aceptamos a Jesús y somos bautizados por el Espíritu Santo, Dios cambia nuestra condición de simples construcciones a templos, no por lo que nuestros cuerpos son en sí mismos sino por lo que contienen.  Aun así, a veces tratamos al Espíritu Santo como un huésped, quien se puede quedar bajo nuestras condiciones, cuidar la propiedad pero no tomar decisiones sobre ella y no manifestar sus opiniones. En otras palabras, queremos seguir siendo dueños de nosotros mismos, no le damos un trato excepcional y terminamos por ofenderlo.

Estas son algunas preguntas que te ayudarán a responder si para ti el Espíritu Santo es el anfitrión de su templo que eres tú, o hasta ahora le has dado el lugar de un inquilino.

  1. ¿Tienes espacios reservados solo para ti?

Es común que un propietario no ceda a su inquilino ciertas partes de una propiedad como bodegas y garages que sirven como espacio de almacenamiento. Ocurre lo mismo cuando Espíritu de Dios cuando no le hemos dado el lugar de Señor y dueño.

Tenemos áreas de nuestra vida a las que no lo hemos dejado ni le permitiríamos entrar: experiencias, heridas, conceptos, ideas, incluso preguntas que ni siquiera hemos querido discutir con él porque no queremos darle la oportunidad de que nos dé una razón para cambiar. 

2. ¿Quién controla lo que entra?

Un inquilino está sometido a los lineamientos de su arrendador, si éste decide que no quiere perros en la casa, ¿quién puede refutarle? Cuando el Espíritu Santo es el Señor de nuestra vida es él quien decide lo que puede entrar por nuestros ojos, oídos, e incluso, nuestra boca.

Lo que vemos en televisión es una de las formas en que llenamos nuestro cerebro de información y está comprobado que una imagen tarda entre dos y cinco años en desaparecer de nuestra mente. La música por su parte tiene un efecto directo sobre el estado de ánimo, mientras que la comida determina en gran medida el deterioro o conservación de nuestro cuerpo (templo).

3. ¿Le permites hacer reparaciones?

Sueños rotos que reconstruir, cosas por cambiar y reparar, todos tenemos. Pero a veces buscamos reconstrucción en las manos equivocadas. Entonces acudimos a personas, posiciones, experiencias, que nos hagan sentir que algo está cambiando pero al final nos dejan con la misma necesidad de ser reparados.

Si después de responder estas preguntas te has dado cuenta de que en tu vida el Espíritu Santo no es el anfitrión sino un huésped, lo mejor que puedes hacer, para empezar, es recordar lo que dice la Biblia: «El Espíritu Santo vive en ustedes y les fue dado por Dios».

Seamos conscientes de su presencia, pensemos en él como una persona, la única a quien queremos agradar. Y sobre todo, permitamos que sea él quien controle nuestra identidad, nuestras decisiones, dejémoslo entrar en todas las áreas de nuestra vida aunque eso implique que tengamos que cambiar, sanar, y dejar que él llegue a esos rincones a los que todavía no ha entrado su luz.

Permitamos que nos confronte, nos anime, nos instruya, nos inspire y finalmente nos dirija en todo lo que hacemos.

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