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¿Me perdonas?

Desde que éramos niños, cuando ofendíamos a alguien o hacíamos algo incorrecto, nuestros padres y maestros nos llevaban con aquella persona ofendida y nos hacían —muchas veces en contra de nuestra voluntad— disculparnos por nuestras malas acciones. Esto genera en muchos de nosotros la noción, un tanto cultural, de que es importante pedir perdón cuando hemos incomodado en lo más mínimo a otro, y terminamos disculpándonos desde por detalles tan mínimos como topar con alguien en la calle, hasta por ofensas muy grandes como haber insultado a alguna persona. No siempre recibimos el perdón de corazón, pero es muy mal visto negarlo. En general, el ofrecer disculpas es una rutina básica para la convivencia social en todos los ámbitos de la vida adulta.

Sin embargo, el hecho de que pronunciemos estas palabras tan seguido, habiéndolas aprendido desde pequeños con canciones y mucha práctica, no indica que sepamos pedir perdón de corazón, ni perdonar a quienes nos rodean. Cuando así sucede, muchas relaciones importantes a las que pertenecemos se ven afectadas. El perdón es una base muy necesaria para tener buenas relaciones, para evitar la amargura y el rencor en nuestras vidas, y lo más importante de todo, para ser buenos cristianos y parecernos cada vez más a Cristo.

El que esté libre de culpa, tire la primera piedra

Somos prontos para exigir justicia cuando se nos debe a nosotros, pero no somos igual de buenos para extenderla a otros. El evangelio de Mateo, en el capítulo 18, nos narra una parábola acerca de este tema. Ésta cuenta la historia de un hombre que debía mucho dinero a su rey. Al no poder pagarle, le pidió paciencia y el rey tuvo compasión. Sin embargo, al salir de ahí, el hombre se encontró con un compañero que le debía un poco de dinero. Este individuo no reaccionó con compasión igual que el rey, sino que al ver que su compañero no podía pagarle le echó a la cárcel.

Muchas veces somos como ese hombre, orando y exigiendo justicia contra aquellos que nos han hecho daño; sin embargo, no nos atrevemos a humillarnos y perdonar a aquellos que nos han ofendido. Esta es una actitud muy peligrosa, ya que no sólo crea amargura en nuestro corazón que nos daña a nosotros mismos en lo más profundo, sino que es una manera de ver las cosas muy contrarias a la manera en la que las ve el Señor. Esto es lo que le dice el rey al hombre en esta parábola: «¿No deberías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?» (Mateo 18:33). Es una pregunta muy difícil de digerir, pero debemos cuestionarnos la respuesta que damos con cada uno de los que nos han ofendido.

Como pecadores, hemos sido perdonados de muchas cosas; Cristo ha sufrido tanto para que nosotros podamos ser limpiados y redimidos, que no es aceptable que no podamos hacer lo mismo por nuestros hermanos. Nos inventamos excusas diciendo que podemos perdonar pero no ser tan ingenuos como para olvidar lo que nos han hecho. Sin embargo, Dios dice que cuando nosotros pecamos y nos arrepentimos, él arroja nuestros delitos al mar y no se vuelve jamás a acordar de ellos.

Nosotros no somos perfectos como para que podamos negar el perdón a otros, necesitamos dar de la misma misericordia que recibimos del Señor. No sea que por haberla negado a otros, se nos sea negada a nosotros mismos.

Una relación correcta con Dios

La falta de perdón generalmente viene de un corazón que no ha entendido el evangelio, pues si conociera lo mucho que le fue perdonado, sin dudar perdonaría a otros que lo ofenden. Debemos tener cuidado de ver que nuestra percepción de Dios no esté siendo afectada por nuestra manera errónea de ver las cosas, pues muchas veces, cuando somos duros en perdonar, creemos que es porque Dios está siendo así con nosotros. Creemos que Dios está mirándonos, decepcionado de cada uno de nuestros errores y esperando a que volvamos a cometer otro para restregárnoslo en la cara y no volver a perdonarnos ya por enésima vez. Pero la verdad es que con Cristo las cosas no son así. A pesar de que nuestras obras son insuficientes para cubrir nuestro pecado, la obra de Jesús es más que suficiente para hacernos libres para siempre.

Cuando entendamos esta manera en la que opera el reino de los cielos, tendremos la libertad de vivir sin amarguras, sin rencores contra otros, sin buscar nuestra propia justicia y sin negar un perdón que tan grandemente ha sido entregado a nosotros sin merecerlo. Meditemos en la importancia del perdón, hagamos memoria de aquellos a quienes necesitamos perdonar y liberar en nuestro corazón, y pidamos perdón a quienes les debemos algo, pues es necesario que así como de pequeños nos hacían practicar estas palabras una y otra vez, ahora de grandes, en honor al tan grande sacrificio de Cristo, más que nunca podamos pronunciarlas y aplicarlas en nuestra vida.

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