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No es tu conducta, es tu corazón

En la psicología y en la educación, existen muchas técnicas y teorías que se utilizan para abordar a una persona cuando se quiere cambiar alguna actitud o comportamiento. Una de las técnicas más conocidas es la del conductismo, que se enfoca, en muy resumidas cuentas, en cambiar los estímulos que un individuo recibe para así cambiar la respuesta que se obtendrá de él. Por ejemplo, en el caso de la educación, esto implicaría que hay que modificar algo en el ambiente del niño para eliminar la conducta negativa que presente; esto puede ser a través de un incentivo o a través de un castigo. Un ejemplo muy concreto sería ofrecer un helado a un niño que no está queriendo terminar su tarea, si la realiza toda.

Resulta muy interesante esta teoría. Al pensarla desde una perspectiva espiritual, si el evangelio fuera conductista, estableceríamos una serie de pasos —con sus incentivos y castigos— para así dejar de pecar. Muchas veces, en ocasiones incluso sin darnos cuenta, caemos en la trampa de creer en un evangelio conductista. El problema es que el evangelio no es así. Tratamos de ser conductistas poniendo frente a nosotros una serie de retos, luchando en nuestras propias fuerzas por obtener la victoria frente a un pecado o un mal hábito. La verdad es que la mayoría de las veces esto no funciona, y si logramos deshacernos de ese mal hábito, tarde o temprano lo reemplazamos por otro igual o peor.

La razón por la que esto no funciona es que cuando analizamos nuestra vida frente al evangelio, no es la conducta la que tenemos que cambiar, sino que hay que ir mucho más profundo, hasta donde están nuestras creencias. Si revisamos lo que creemos, probablemente encontraremos la fuente de nuestro pecado. Por ejemplo, si creemos que Dios es tan bueno que no hará justicia con nuestras faltas, terminaremos viviendo vidas muy pecaminosas sin conciencia que nos detenga. Por otro lado, si vemos a Dios como un ser que sólo busca la justicia sin tener amor o misericordia para con nosotros, terminaremos buscando la santidad por nuestras propias fuerzas, pues no lograremos confiar en que Dios es justo y bueno para ayudarnos.

Según lo que hay en su corazón, así es él

Una de mis parábolas favoritas se encuentra en Lucas 18 y habla de dos hombres que se acercaron al templo a orar. Uno de ellos era fariseo y dice el evangelio que oraba consigo mismo y daba gracias por ser justo, por todo lo que ayunaba y diezmaba, y por no ser pecador. El otro hombre era cobrador de impuestos y oraba con humildad pidiendo misericordia a Dios por ser un hombre pecador.

Muchas veces nos creemos como el fariseo: volteamos a ver solamente nuestra conducta y creemos que somos justos por lo que hemos logrado; por haber ayunado, por haber pasado tiempo orando o leyendo la Biblia, por haber ayudado a alguien o por mil y un motivos más. Otras veces, también observando nuestra conducta, nos creemos incapaces de poder acercarnos a Dios debido todas las nuestras malas acciones. Sin embargo, esta parábola nos da la clave, pues nos dice que no nos enaltezcamos en nuestras propias obras, sino que nos acerquemos a Dios con humildad. Es todo lo que necesitamos, y ahí hallaremos la gracia que necesitamos de parte de Dios.

Al meditar en las cosas espirituales, no seamos conductistas, pensando que por lo que hagamos o dejemos de hacer estaremos más cerca de ganarnos el cielo (lo cual es falso e imposible), sino que seamos de aquellos que simplemente se acercan con humildad y confianza al trono de Dios, conociendo muy bien quien es él a través de su Palabra, ya que lo que creamos acerca de Dios determinará el rumbo de todo lo que hagamos. Esa es la verdad que nos hará volvernos de nuestros pecados, aun de aquellos con los que llevamos tanto tiempo batallando.

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