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¿Tienes derecho de enojarte tanto?

Rafael era un hombre que se la pasaba siempre enojado, estresado o alterado por algo. Había mil y una cosas que lo hacían exasperar. En el trabajo, en su casa o a donde quiera que iba; cuando se encontraba en el tráfico y alguien se metía en la fila, él reaccionaba con una explosión; cuando en el trabajo, alguno de sus subordinados cometía un error, él se molestaba. Este hombre siempre encontraba algo más que no estaba bien a su alrededor.

Quizás la vida de este hombre, que escuché hace poco en una historia, suene un poco exagerada. Sin embargo, sé que muchos de nosotros también nos desesperamos fácilmente y nos gusta que las cosas salgan como queremos. Esto me recuerda no sólo algunas situaciones de mi vida, sino también a un personaje de la Biblia que me parece que en muchos aspectos era justo como Rafael. Este personaje era Jonás.

¿Tienes derecho a enojarte?

Jonás, el profeta, una y otra vez se enojaba con Dios por lo que sucedía en su vida. Primero se molestó porque Dios lo había enviado a predicar a un pueblo peligroso y malvado, entonces se escondió de él. Después de que entendió y fue a predicar al pueblo que Dios lo había enviado y todos se arrepintieron y creyeron en Dios, Jonás se volvió a enojar porque Dios iba a perdonar a ese pueblo. Más adelante en la historia, Jonás se molesta de nuevo porque un arbusto bajo el que él estaba descansando y tomando sombra se secó. En varias de las ocasiones en que Jonás se molestó con Dios, decía cosas como que deseaba morirse de tanto enojo que tenía.

Esto me puso a pensar en todas las veces que yo me he creído con el derecho de molestarme con Dios por algo que no me parece y lo que más me impactó de la manera en que Dios respondió ante el enojo de Jonás fue lo siguiente que le preguntó: «¿Tienes razón de enfurecerte tanto?» (Jonás 4:4 NVI). Sin embargo, Jonás estaba tan cegado que después de que Dios se lo vuelve a preguntar, responde: «¡Claro que la tengo! —le respondió—. ¡Me muero de rabia!» (Jonás 4:9). Sé que muchas veces yo respondo así ante Dios y no me detengo a pensar las cosas buenas que ha hecho por mí o el por qué no estarán dándose las cosas como quiero. El enojo en ocasiones puede cegarnos de ver las cosas como verdaderamente son.

¿Y mis derechos?

Vivimos en una sociedad que constantemente nos dice que luchemos por nuestros derechos, que no «nos dejemos» cuando algo es injusto. Por lo tanto, vamos por la vida reclamando cuando alguien nos salta en la fila de la farmacia, cuando un producto que compramos no hace la función que esperábamos o cuando algún empleado nos trata mal. Ahora, no está mal que busquemos la justicia, pero en ocasiones estamos tan centrados en reclamar nuestros derechos —como Jonás—que perdemos de vista la realidad de las cosas. El reino de Dios no se trata de ganar derechos ni de pelear por ellos, el reino de los cielos se trata de perderlos.

Así es como se ganan las batallas, poniendo las necesidades de otros sobre las nuestras, poniendo los deseos de Dios sobre los nuestros propios y muriendo a nosotros mismos, menguando como alguna vez Jesús hizo por nosotros. Cuando lo crucificaban, él no dijo ni una sola palabra, «como oveja fue llevada al matadero» (Isaías 53:7), con tal de que el sacrificio fuera hecho y nosotros recibiéramos salvación. Jesús no estimó el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse (Filipenses 2:6), así que no creo que yo tenga derecho de aferrarme a mis deseos egoístas, ni tomar una actitud que la Biblia no me ha enseñado a tomar. Seamos como Cristo, despojémonos de lo que nos estorba de seguirlo como debe ser.

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