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Estatuas de marfil

A las estatuas de marfil

A las estatuas de marfil

La palabra «temor» tiene muchos sinónimos, pero me parece que en ocasiones uno de ellos es la palabra «parálisis». Uno de los significados de esta palabra es «detención de actividades». Todo se para, como cuando jugábamos de niños a las estatuas de marfil. 

¡Cuántas veces el miedo al fracaso nos impide hacer las cosas que deseamos! El creer que no podremos, el no saber lo que otros pensarán de nuestra idea, el sentir que no estamos lo suficientemente capacitados o que hay alguien mejor que nosotros para hacerlo; en fin, hay miles de cosas que nos llevan a quedarnos paralizados en momentos en los que podríamos actuar.

Juega el juego

¿Quién no ha escuchado la historia de Cenicienta? Una niña que vive con un temor tal a su madrastra, que la hace quedarse paralizada en donde está y vivir su vida bajo el yugo de quien teme. Cuando yo era niña, escuchaba y veía un sinfín de versiones de esta historia, y había una en particular, que a mí y a mi hermana nos gustaba ver una y otra vez. En esta historia, igual que en la original, el padre de la niña fallece desde que ella es pequeña y vive toda su niñez con una madrastra que la maltrata y abusa de ella, sin poder hacer nada al respecto. Después de un largo tiempo, gracias a una casualidad, ella recuerda una frase que su papá solía decirle: No dejes que el temor a perder te impida jugar el juego. Cuando pensaba en el temor, recordé esta historia, porque el momento en el que ella recordó las palabras de su padre, todo cambió y se dio cuenta de que el temor le impedía vivir su vida. El recordar esta frase la llevó a deshacerse del maltrato de su madrastra, a vivir una vida plena con sus amigos y a llegar a la escuela en la que siempre quiso estar. En el momento en el que dejó de sentirse paralizada, todo a su alrededor comenzó a moverse.

Sal de tu zona de confort

No todo en la vida es un cuento de hadas. Sin embargo, el Señor quiere que vivamos sin temor, porque éste nos paraliza de tener una vida plena en él. Pensemos en la historia de David; cuántos israelitas no llevaban ya meses viviendo paralizados ante el temible gigante que día con día los amenazaba. Pero en el momento en que llegó alguien sin temor, pudo hacerle frente, y en el nombre del Señor, venció.

Hay muchos otros personajes de la Biblia a quienes Dios forzó a salir de su zona de confort, dejando a un lado el temor, hacia algo nuevo que el Señor les tenía preparados. Abraham fue uno de ellos. El Señor le dijo: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré» (Génesis 12:1). Había una promesa grande detrás de la petición de Dios, pero para lograrlo, Abraham tenía que dejar lo que tenía seguro y salir en fe hacia donde Dios lo dirigiera. De la obediencia de Abraham, Dios le concedió ser el padre de muchas naciones. «Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición» (Génesis 12:2). A Josué, el Señor le prometió que, si daban las vueltas correspondientes a las murallas, éstas caerían. Y vencieron.

Cambia tu historia

Pero no todas las historias como ésta terminan en victoria. Muchas veces, nuestra decisión y voluntad juegan gran parte del resultado que tendremos ante estas pruebas. La Biblia relata la historia de un joven rico a quien Jesús ordenó dejarlo todo y seguirlo. Pero ese joven, quizás movido por el temor de una vida sin sus riquezas, quizás movido por el amor a ellas, decidió no salir de ese espacio conocido ni adentrarse más allá en los planes del Señor.

A ti y a mí, muchas veces el Señor nos pone en situaciones similares. Dice la Palabra que nos gocemos cuando esas pruebas vengan, pues producen fe y paciencia. Pero, para esto, es necesario que salgamos de lo conocido y que no dejemos que el miedo a fracasar nos impida seguir adelante, pues es el Señor quien va con nosotros. «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10). Y tú, ¿lo crees? ¿o aún estás paralizado como estatua? Porque en este juego no pierde el que se mueva, sino el que se paralice.

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