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¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

¿El huevo o la gallina?

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

¿Qué es formado primero en el corazón de un creyente: un espíritu de adorador o un espíritu de siervo? 

Hace poco me hice esta pregunta después de haber pasado por algunos momentos difíciles en los que no sabía si seguir sirviendo al Señor, ya que no lo sentía en mi corazón, y me faltaba desarrollar una actitud de adoración hacia él. En ese momento me sentí como un niño que juega a hacerse la eterna y filosófica pregunta: ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Porque lo uno lleva a lo otro, y lo otro de nuevo a lo primero y así sucesivamente. Y yo no sabía si debía primero servir al Señor para así comenzar a desarrollar un nuevo amor y pasión por él, o si debía de orar fervientemente para desarrollar un amor que me llevara a un servicio extravagante. 

Afortunadamente, la Palabra me ofrece respuestas a estas preguntas, y no se tienen que volver cuestionamientos tan complejos como es el del huevo y la gallina para los niños que se lo preguntan.

¿Un simple deber?

Por un lado, lo primero que descubrí es que servir al Señor sin amor no sirve de nada. Primera a los Corintios 13:3 dice: «Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso» (NVI). Si nuestro servicio al Señor lo realizamos sin amor, como un simple deber, éste comienza a convertirse en una carga y un peso, lo cual es muy peligroso, ya que una acción que sale del deber y no del amor, sin darnos cuenta, comienza a convertirse en un asunto de la ley que se hace por seguir un mandato o completar una obligación; o, peor aun, por sentir que bajaremos de la gracia de Dios al no hacerlo. 

El servicio a Dios no funciona así. Pero, si descubro que el servicio debe de salir de un corazón amoroso y agradecido, entonces la siguiente pregunta que me hago es la siguiente: ¿Si no tengo pasión por servir al Señor (porque sé que hay épocas en las que por rutina o falta de visión la perdemos), entonces, dejo de servirlo?

La respuesta es: no. Jesús en alguna ocasión contó la siguiente parábola: «¿Qué les parece? —continuó Jesús—. Había un hombre que tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le pidió: “Hijo, ve a trabajar hoy en el viñedo”. “No quiero”, contestó, pero después se arrepintió y fue. Luego el padre se dirigió al otro hijo y le pidió lo mismo. Este contestó: “Sí, señor”; pero no fue.  ¿Cuál de los dos hizo lo que su padre quería? —El primero —contestaron ellos» (Mateo 21:28

Un asunto de actitud

En esta parábola, como en muchos otros versos de la Biblia, podemos ver cómo es que para el Señor es sumamente importante la actitud del corazón, mucho más que las palabras que podamos decir. En este caso tuvo mucho más valor que un hijo se arrepintiera y obedeciera, a pesar de no haber querido al inicio, que la intención que el otro tuviera de hacer lo bueno pero sin hacerlo al final.

Sin embargo, algo que también está claro en la Biblia es que el servicio no nos va a satisfacer nunca, por más que nos esforcemos. «Lo que pido de ustedes es amor y no sacrificios, conocimiento de Dios y no holocaustos» (Oseas 6:6 NVI). Aunque continuemos nuestro servicio al Señor orando por más satisfacción y pasión por él, no podemos refugiarnos en ese mismo servicio, ni comenzar a forjar nuestra identidad dentro del mismo. Nuestra satisfacción, nuestra identidad y nuestro gozo debe de partir siempre de Cristo; como dice este verso en Oseas, Dios se agrada de nuestro amor y conocimiento de él, no de los trabajos u ofrendas que podamos hacer por él.

¿Quién no qué?

Así que, el servicio en sí no me puede dar la satisfacción que necesito, sino que al contrario, por sí solo sería un acto de la ley, el cual me traería cadenas y preocupaciones que ya no necesito cargar desde que Cristo me dio libertad en la cruz y me entregó su gracia. 

Esto no quiere decir que en el Señor no puedo encontrar satisfacción. Muchas veces a la hora de servir nos pesará a la rutina o los años, los errores de nuestra iglesia o de aquellos con quienes servimos o quizás nos pesará la carga tan grande que llevamos. Cada situación es distinta. Sin embargo, algo que sé es que dentro de cada una de esas situaciones hay algo que tiene mayor peso y que nos puede llevar a una vida de gozo en el servicio. La única manera de lograrlo es que nuestro gozo no sea el servicio en sí, sino aquel a quién servimos. Necesitamos cada día asegurarnos de que nuestro amor por él pese más que las cargas del servicio diario.

Sirviendo con gusto y amor

Cuando llegamos a ese punto en el que el Espíritu vuelve a llenar nuestros corazones de amor y de pasión, hay muchas cosas que comenzamos a entender que quizás antes no nos hacían sentido al escucharlas y que poco a poco van tomando forma en nuestro corazón. Cuando comprendemos el amor de Dios y aprendemos a corresponderle con la ayuda de su Espíritu Santo, es entonces que cuando escuchamos a Pablo hablar de cómo todo es pérdida para él y todo es basura a fin de ganar a Cristo, logramos entenderlo y nos podemos relacionar con lo que está diciendo. Cuando escuchamos aquella historia acerca de un hombre que dejó todo lo que tenía y lo vendió para comprar un tesoro que había hallado, entonces podemos identificarnos. Y cuando leemos que Jesús pidió a muchos que dejaran sus posesiones y su familia para seguirlo a él tenemos las herramientas para poder decir sí, dejarlo todo y seguirlo, sirviéndolo con gusto y con amor.

Entonces, ¿qué es primero?, ¿un adorador o un siervo? Yo diría que sin adoración y sin amor no hay servicio, pero podemos diariamente tomar nuestra cruz y llenar nuestros corazones de gozo para convertirnos en los siervos y en los adoradores que el Señor se está buscando.

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