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Íntimidad

Íntimos

Íntimos

«Estamos en este momento lo más cerca de Dios como lo que realmente elegimos estar. Es cierto que hay ocasiones en que nos gustaría conocer una intimidad más profunda, pero cuando se llega al punto, no estamos dispuestos a pagar el precio en cuestión» (J. Oswald Saunders)

Hay muchas cosas que a mí no me gusta hacer, todos tenemos las propias. Ya sea lavar los trastes, tender la cama o trapear el piso, cada quién tenemos aquellos quehaceres que evitamos. Lo mismo pasa con la gente, así como siempre tenemos aquellas personas con las que nos encanta estar, hay otras que buscamos evitar por diversas razones.

La constante de la evasión

Me he dado cuenta de que hay un patrón para aquellas cosas y personas que evitamos, el cual he descubierto en mí misma al tratar de autoconvencerme de hacerlas. La constante que encontré es que generalmente aquellas cosas que batallo para hacer son aquellas que no disfruto. Así mismo, generalmente aquellas personas con las que evito conversar son aquellas cuya presencia no siempre disfruto. Suena lógico pero es algo en lo que pocas veces me había detenido a meditar. Necesito aprender a disfrutar más de ciertas cosas para que no se me haga tan pesado realizarlas.

Otra cosa que descubrí es que generalmente aquellas personas cuya presencia no disfruto, no las evado porque tengan algo contra mí o viceversa, sino que en la mayoría de las ocasiones es porque no las conozco. Son personas con las que tengo que estar alerta, buscando conversación; personas con las que me da miedo hablar de mis gustos porque aún no sé si serán compartidos.

Entonces, todo se vuelve un poco incómodo y es más difícil pasar un buen rato. Por el contrario, una persona cuyos gustos conozco, sé cómo reacciona a cierto tipo de comentarios, conozco qué temas de conversación pueden agradarles, etc., son aquellas personas con las que comienzo a descubrir aquellos detalles en común y poco a poco voy disfrutando más de su presencia. Pero, esto no sucede de la noche a la mañana, sino que es importante dedicarle tiempo a la relación primero. No hay otra cosa que le podamos dedicar. Ni el dinero, ni los regalos, ni el conocimiento, pueden sustituir el lazo que hace el tiempo.

Una pesada obligación

Fue muy interesante haber meditado en esto, ya que descubrí que este fenómeno en ocasiones afectaba mi relación con Dios también. Muchas veces no procuraba buscarlo. Comencé a darme cuenta de que estaba percibiendo mi tiempo con Dios como una obligación, como un quehacer que yo tenía que tachar de mi lista de pendientes para poder sr un buen cristiano. Sin embargo, no estaba tomándome ese tiempo para disfrutar de estar con él.

En ocasiones, al pasar tiempo con Dios yo no sabía qué hacer o decir. Cuando me esforzaba en pasar un tiempo orando a él, después de minutos y minutos en silencio, me daba cuenta de que generalmente cuando no sabía que hacer ni decir era porque no había aprendido nada nuevo de él en ese tiempo, no lo conocía; no había pasado tiempo primero conociéndolo en su Palabra, entonces, no sabía qué le gustaría, cómo es él, qué decir de sus hechos, etc.

Sin leer su Palabra y buscar conocer más cosas de él, es imposible tener una buena relación con él. Entendí que lo que yo tenía que hacer requería de mí un esfuerzo mayor que simplemente dar mi tiempo. Implicaba entregar mi corazón y fijar mis ojos en él, dejar a un lado la carne y darlo todo. Dios no desprecia a un corazón así y estoy segura de que si lo buscamos como a un amigo, como a alguien a quien anhelamos conocer, pronto habremos de encontrarle.

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