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¿Qué deseas?

Si tuvieras una «lámpara mágica» frente a ti, una estrella fugaz, una moneda para echar en una fuente, o alguna de esas situaciones que suceden fantásticamente en las películas, ¿qué pedirías?

Esta semana tuve la oportunidad de ver por primera vez la más reciente película de la Mujer Maravilla. En ella, hubo varios elementos que captaron mi atención. Uno de los más notables fue el plan del villano y el hecho de que utilizara los deseos de las personas para llevarlo a cabo.

En esta película, cuando se les dio esa oportunidad de pedir su mayor deseo a miles de personas, la utilizaron para desearle la muerte a alguien u obtener dinero, poder, tierras o fama. Me pareció muy interesante cómo esto reflejaba la realidad del ser humano, su egoísmo y su naturaleza caída.

La verdad nos hará libres

Como en muchas otras situaciones, una vez más recordé cuánto necesita el hombre de Dios y cuánto sufre por sus propios actos. En esta historia, solamente la verdad los pudo salvar a todos. La vida fuera de la ficción no dista mucho de esta realidad: solamente la verdad nos puede salvar.

Una vez los fariseos se encontraban cuestionando a Jesús acerca de quién era. Entre las cosas que les mencionó Jesús, les dijo que los verdaderos discípulos son quienes permanecen en su palabra. Y esa palabra los guiaría a conocer la verdad, «y la verdad los hará libres» (Juan 8:32b, NTV).

Jesús también les mencionó que quien peca es esclavo del pecado, y solamente el Hijo trae libertad de ello. Muchas veces, como los fariseos, creemos que vamos por buen camino porque tenemos nuestros planes bien trazados y nuestros «deseos» bien claros. Pero poco nos damos cuenta de que, si esos planes están apartados de Dios y de su verdad, de nada servirán. Solamente él puede darnos lo que necesitamos, solamente él puede hacer que nuestros deseos se aparten del mal y del egoísmo que se encuentra dentro de nosotros.

Solo hay una verdad

La primera verdad que debemos reconocer es aquella que los fariseos no quisieron tomar en cuenta: Que Jesús es Señor. Que es el único capacitado para perdonar pecados, pues tiene la autoridad de Hijo de Dios y su propia sangre lo respalda. No necesita alguien más que dé testimonio por él, como en esa ocasión explicaba. 

Una vez que reconozcamos a Jesús, y comencemos a ponerlo primero en nuestras vidas, él comenzará a transformar nuestro corazón. Tomará el corazón de piedra y lo convertirá en uno de carne. Quitará los deseos pecaminosos y los cambiará por los deseos de su Espíritu. Pero este proceso de santificación sólo puede darse para quien permanece en él, en su verdad. «Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco ustedes pueden dar fruto si no permanecen en mí». (Juan 15:4, NVI).

Permanezcamos en el Señor, habitemos en su Palabra y reconozcámoslo en todos nuestros caminos. Así, nos apartaremos de nuestros deseos egoístas y pecaminosos, y seremos libres en la verdad de Cristo.

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