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Una vida que ofrecer

Cuando hablamos de «ofrenda» es imposible no pensar inmediatamente en dinero, pero la realidad es que deberíamos de pensar en toda nuestra vida. Una ofrenda es aquello que ponemos delante de Dios entendiendo que él es digno de recibirla. Nosotros colocamos delante de Dios no solo nuestros recursos, sino también nuestro tiempo, nuestros afectos, todo nuestro ser. En este sentido, los cristianos debemos de ser caracterizados por nuestra libertad en el dar.

¿Por qué es tan importante la generosidad para nosotros? A continuación, veremos cuatro raciones por las cuales «ofrecemos». Recuerda, no estamos hablando exclusivamente en términos monetarios.

Ofrecemos porque tenemos fe

En el capítulo de los héroes de la fe se habla de dos personas que ofrecieron algo. Del primero se dice: «Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más aceptable que el de Caín, por lo cual recibió testimonio de ser justo, pues Dios aceptó su ofrenda…» (Hebreos 11:4, NVI). Y del segundo, «Por la fe Abraham, que había recibido las promesas, fue puesto a prueba y ofreció a Isaac, su hijo único,» (Hebreos 11:17, NVI). ¿Qué relación existe entre la fe y el ofrecer?

Fue la fe lo que los movió a presentar su ofrenda. Para ofrecer, primero necesitamos creer que él existe, necesitamos conocer y apreciar su valor y dignidad y también su cualidad retributiva. ¡Dios recompensa a los que tienen fe! Tanto Abel como Abraham ofrecieron lo que les era valioso a Dios porque entendieron por medio de la fe que nuestra vida gira en torno a su ser y su gloria. 

Ofrecemos porque de gracia hemos recibido

Jesús les dijo a sus discípulos: «Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia» (Mateo 10:8, RVR-1960). Todo lo que hemos recibido de parte de Dios lo recibimos de manera gratuita. De nuestra gratitud debe brotar la generosidad y el deseo de que otros experimenten el amor, gozo y libertad que hemos encontrado en Jesús. Ofrecemos porque entendemos que Jesús es digno de ser compartido, así como lo son cada una de sus bendiciones.

Ofrecemos porque Jesús es mejor que retener

Lo contrario a ofrecer es «retener». Una persona siente la necesidad de aferrarse a sus bienes, recursos, tiempo y posesiones cuando cree que de ello depende su felicidad. Pero cuando hemos encontrado nuestra plenitud en Cristo, entonces estaremos gozosos de ofrecer, porque de nuestra misma plenitud, de nuestra misma saciedad en él, brota el deseo de ser generosos con los demás. Ofrecemos porque nuestro tesoro verdadero está en el cielo

Los cristianos no nos aferramos a cosas estimadas y valiosas para el mundo porque entendemos que nuestro tesoro verdadero se encuentra en el depósito celestial. Jesús dijo: «No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar». (Mateo 6:19-20, NVI). Es mediante un corazón dadivoso que ensanchamos nuestros tesoros celestiales. Una vida generosa no es una vida desperdiciada, sino una bien invertida a la luz de la eternidad.

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