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Identificados públicamente con Jesús

Jesús nos instruyó a sus discípulos a hacer muchas cosas en silencio. Nos enseñó a abstenernos de ayudar a los demás con el afán de ser celebrados, de dar generosamente con la intención de recibir aplausos, de orar y ayunar para impresionar a los demás. Él lo determinó así, porque el servicio y la piedad jamás se han tratado de la exaltación del hombre. Recientemente vi una foto en redes sociales de alguien ayudando a una persona marginada. Si bien no podemos asegurar las motivaciones de su corazón, todo pintaba a que había más interés en sacar una buena foto que en verdaderamente ayudar a la persona.

Dios nos quiere guardar de las falsas motivaciones que tan fácilmente pueden filtrarse en nuestro corazón. Hacer buenas acciones no es suficiente, es necesario tener un corazón correcto. Él busca que toda obra sea movida por un amor genuino y desinteresado, dando de esta manera la gloria al Creador mientras seguimos el ejemplo de Jesús.

De lo privado a lo público

Ahora bien, hay algo que Dios nos mandó hacer abiertamente. Nos ordenó identificarnos públicamente con la muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo por medio del bautismo. ¿Por qué lo primero en privado y lo segundo público? Por que tanto la generosidad privada, como la proclamación bautismal pública atentan en contra de nuestro egocentrismo, aquello que Dios busca erradicar de nuestro corazón mediante el poder del evangelio. Ambas cosas fijan el enfoque de nuestro corazón en el glorioso Salvador, y no en nosotros.

Identificados con su muerte

Bautizarse es mucho más que simplemente sumergirse en agua. Cuando nos bautizamos, nos declaramos muertos a la antigua vida y a la vieja naturaleza. Hacemos un compromiso público delante de las personas de que ya no andaremos en los caminos del mundo o simplemente tomando en cuenta a Dios como si fuera un amuleto religioso. Hay un cambio notorio en nuestro actuar que despierta el asombro de los demás: «A ellos les parece extraño que ustedes ya no corran con ellos en ese mismo desbordamiento de inmoralidad, y por eso los insultan» (1 Pedro 4:4, NVI).

Identificados con su vida

Cuando nos bautizamos, declaramos que nos hemos levantado a una nueva vida totalmente rendida a los pies de Jesús. Muchas buenas obras se harán en lo privado, pero nuestra vida se convierte en una luz que es imposible ocultar. El cambio será evidente. «He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí» (Gálatas 2:20, NVI).

Identificado como seguidor de Jesús

Cuando nos bautizamos, nos identificamos públicamente como seguidores de Jesús, nos exponemos a la hostilidad del mundo que desde tiempos antiguos se opone a su camino. Proclamamos que vale la pena dejar todo atrás, que Jesús ha traído una plenitud que ninguno de los placeres terrenales ha podido satisfacer.

El poder de la exposición

¿Has pensado por qué las personas no quieren que los demás se den cuenta que son cristianos? Usualmente sucede porque no quieren ser confrontados cuando su comportamiento no es congruente con su fe, o bien, quieren evitar las consecuencias sociales provocadas por identificarse como seguidores de Jesús.

Exponerse y «afiliarse» al «partido impopular» es incómodo y sacrificial, tal como lo es soportar la tentación de dar o ayudar a alguien sin recibir crédito alguno, pero estar a los pies de Jesús y recibir de él la recompensa es el privilegio mas extraordinario al que cualquier ser humano puede aspirar. No hay mayor gozo que el que se experimenta en una relación personal con Cristo.

Al ser expuestos, el mundo también verá cuan imperfectos y vulnerables somos, pero también podrá ver cómo nos levantamos sostenidos por las manos de su gracia y su perdón; nos levantamos, sin vergüenza del arrepentimiento, en una constante transformación. «Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás y acaban por perderse, sino de los que tienen fe y preservan su vida» (Hebreos 10:39, NVI).

Amado lector, ¿has creído en Jesús como tu Señor y Salvador y le has rendido tu vida? Si tu respuesta es sí, ¿ya te identificaste públicamente con su muerte y resurrección por medio del bautismo? ¿Recuerdas ese día? Si no lo has hecho, habla con tus pastores para dar este gran paso. ¡Que Dios bendiga cada uno de tus días como su fiel seguidor!

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