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El ídolo del tiempo

«Queridos hijos, aléjense de todo lo que pueda ocupar el lugar de Dios en el corazón» (1 Juan 5:21 NTV). ¡Qué manera de cerrar una carta! Juan en forma imperativa les está diciendo «aléjense». ¿De qué? La versión Reina-Valera 1960 utiliza la palabra «ídolos» y en efecto, cualquier cosa o persona que ocupe el lugar de Dios en el corazón es un ídolo.

¿Cómo me doy cuenta cuando algo se convirtió en un ídolo? No se si te ha pasado como a mi, pero me doy cuenta que al experimentar la pérdida de ciertas cosas, sufro en gran manera, y esto se debe a que a aquello le he otorgado un lugar indebido en mi corazón. Esos momentos de pérdida son dolorosos, pero demos gracias al Señor cuando por amor, quita los ídolos de nuestro corazón.

Pasado por alto

Quiero hablar de un ídolo del cual todos hemos sido presos. Nunca lo hemos catalogado como tal, porque difícilmente lo reconocemos como ídolo, pero, ¡cómo actúa éste como impedimento para servir, amar y avanzar en los propósitos de Dios aquí en la tierra!

Quiero hablar del ídolo del tiempo. Esta es una de las cosas más valoradas por los seres humanos; nadie quiere desperdiciarlo en cosas que no le van a beneficiar directa y personalmente. Es tan importante que hemos creado un sinfín de frases como: «Dale tiempo al tiempo», «el tiempo lo cura todo», «el tiempo es un buen consejero», «el tiempo es oro», entre muchas otras.

Lo que está atrás del ídolo

Cuando hacemos del tiempo nuestro ídolo, queda descubierto uno de los males más severos del ser humano: el egoísmo.

En realidad, el tiempo es valioso, porque es uno de los recursos necesarios para hacer efectiva nuestra propia gratificación. Cederlo sencillamente me puede hacer «perder» o «dejar de disfrutar». Piensa un momento en una tarde después de una pesada jornada de trabajo. Estás esperando con ansias llegar a tu casa, quitarte los zapatos y sentarte en el sofá a ver el televisor. En eso, uno de tus hijos llega y quiere que juegues con él. Después tu cónyuge te pide que vayas a la tienda a comprar algo de cenar, y así la lista de requisitos puede continuar. ¿Qué nos vemos forzados a ceder en un escenario así? ¡El tiempo! Nos duele tanto porque «cederlo» nos impide dedicar el enfoque a nuestros propios placeres.

¿Quién es el amo?

Otra buena pregunta es: ¿Quién debería ser el amo de «nuestro» tiempo? Irónicamente digo «nuestro» porque en realidad, Dios mismo debe de ser el dueño y quien marca la pauta de cómo debemos invertirlo.

Cuando se hace un llamado a servir a Dios y a su iglesia, ¿cuál es una de las excusas más frecuentes que ponen las personas? Definitivamente el «no tengo tiempo». La realidad es que sí tenemos tiempo, pero no queremos cederlo porque en nuestro corazón, ya está designado exclusivamente para nuestra propia gratificación. Nosotros somos llamados a ser buenos administradores de los recursos que se nos han confiado, y tristemente no consultamos y consideramos a Dios para ver de qué manera y en qué asuntos invertimos nuestro tiempo.

Cegados por el egoísmo

Cuando hacemos del tiempo un ídolo, o más bien, cuando nosotros mismos nos hemos convertido en nuestro propio ídolo, ni siquiera estamos dispuestos a emplearlo en buscar al Señor. El mismo tiempo que él nos ha confiado, ¡ni siquiera estamos dispuestos a invertirlo en él! Una dura realidad a la que me enfrento es saber que si no dedico tiempo para la comunión con Cristo y su iglesia, es porque mi egoísmo me ha cegado y me ha hecho creer que no son lo suficientemente valiosos para invertirlo en ellos. Pero, «Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor» (1 Corintios 1:9 RVR1960).

¿Qué es el tiempo? No es más que un período de vida en esta tierra que durará poco. ¡No lo desperdicies! La manera en lo que invertimos no solo repercute en el presente, sin duda impactará nuestra eternidad. Destruye el ídolo al cederle el control de cada momento de tu vida al Señor. Al hacerlo, no te arrepentirás, porque no hay nada más gratificante y provechoso que invertir cada segundo de nuestro tiempo en la comunión con el Señor y el servicio a su iglesia.

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