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Tres días para un cambio extremo

«Destruyan este templo —respondió Jesús —, y lo levantaré de nuevo en tres días». ¿Tres días? Lo que Jesús propone en Juan 2:19 no solo es un milagro, sino una tremenda hazaña de ingeniería. Sin embargo, en la intención de sus palabras está una de las revelaciones más grandiosas del cristianismo que vale la pena recordar en esta Semana Santa.

Dice la Biblia que los constructores tardaron 46 años en terminar el templo de Jerusalén. Al decirles Jesús a los fariseos que él podía reconstruirlo en tres días no recibió una respuesta diferente a la esperada: incredulidad. Pero, ¿cómo no? Ninguna obra podría igualar semejante proyecto por más tecnología que se usara en ella. Pongamos como ejemplo una de las construcciones más sorprendentes de la época moderna, que se realizó en tiempo record: dos años, dos meses y cinco días, la Torre Eiffel.

Constructor y restaurador

Sin embargo, la Biblia también nos dice que Jesús no se refería al templo como una estructura, sino a su propio cuerpo. Una metáfora del hecho más relevante para nosotros los creyentes: la entrega de su cuerpo para ser crucificado, su muerte y resurrección. Así vemos que Jesús además de ser un salvador completamente diferente al que su pueblo pensaba, también es un constructor y restaurador que pocas veces hace las cosas de la manera en que lo esperamos.

En los tres días que transcurrieron entre su muerte y resurrección, Jesús no solo demostró que era capaz de levantar ese templo del que habló, sino que puede restaurar la vida de cualquiera que esté dispuesto a derribar sus muros, sin importar el tiempo que le haya tomado levantarlos.

Tres días son suficientes

Veamos el caso de Saulo de Tarso, quien después de un encuentro con Jesús en el camino hacia Damasco, pasó tres días ciego, al cabo de los cuales no solo recobró la vista física, sino que los ojos de su espíritu fueron abiertos. Así pasó de ser un perseguidor de cristianos a uno de los grandes predicadores del evangelio, el apóstol Pablo.

Jonás por su parte, en un intento por escapar del plan de Dios (como si hubiera un lugar suficientemente apartado donde ocultarse del Señor), estuvo en el vientre de un pez durante tres días, hasta que clamó a Dios: «Cuando la vida se me escapaba, recordé al Señor. Elevé mi oración sincera hacia ti en tu santo templo. Pero yo te ofreceré sacrificios con cantos de alabanza, y cumpliré todas mis promesas. Pues mi salvación viene solo del Señor» (Jonás 2:7)

Al igual que Saulo, probablemente hemos estado ciegos, mirando hacia dentro, obedeciendo solo a nuestros paradigmas. Quizá como Jonás, el propósito de Dios no concuerda con nuestros planes y decidimos huir, escondernos hasta que él cambie de opinión acerca de lo que desea con nosotros.

Lo cierto es que sin importar cuál sea la fortaleza, o ese templo que debe ser derribado, tres días son suficientes para que Jesús reconstruya nuestra vida o cualquier aspecto de ella, siempre que tengamos un encuentro con la cruz.

Un nuevo comienzo

Es entonces un buen momento para pensar: ¿Qué debe ser destruido en tu vida que necesita ser restaurado por Dios?, ¿estás dispuesto a dejar que Jesús derribe los muros que te impiden conocerlo?, si has tenido un encuentro con la cruz, ¿qué significado tiene eso para ti?

«Cámbiame y hazme otra vez…», dice la canción titulada «Poema de Salvación», que expresa el deseo de muchos por tener una nueva vida y ser liberados de sus errores, tener la posibilidad de empezar de nuevo y que el cronómetro de su existencia arranque de cero.

Hace más de dos mil años, el reloj de la humanidad empezó de cero cuando el Hijo de Dios, entregó su vida para dar un nuevo comienzo a todo aquel que crea que después de tres días él volvió a la vida.

Si Saulo —que era un tozudo— y Jonás —un necio— fueron cambiados de manera tan radical, ¿qué no puede hacer Dios por ti en tres días? En la Semana Santa celebraremos el momento en que Jesús reconstruyó ese templo que prometió y con eso se comprometió a hacer de nosotros una obra con cimientos que no tambalean, sobre la que está impresa con sangre la firma del más hábil constructor.

 

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