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Enciende la llama una vez más

 

Podemos ocultar aspectos de nuestra vida. Sin embargo, la pasión es algo imposible de esconder. Hay muchas cosas que emanan de forma natural que terminarán por delatarte. De hecho, no necesitas decirle a la gente qué es lo que te apasiona; basta con observar lo que publicas en redes sociales, la constante en tus conversaciones, en qué gastas tu dinero, en qué eventos sí y en cuáles no eres puntual, entre otras cosas. Basta con seguir el rastro de tu vida para llegar al centro de lo que te apasiona.

 

Siendo honesto, acabo de darme cuenta de algo que me confrontó en gran manera. Activé una función a mi celular para saber cuánto tiempo paso frente a la pantalla, y después de una semana, me asustó saber la cantidad de tiempo que invierto en ello. No tenemos idea de lo dependientes que nos volvemos de cosas que no deberían tener el centro de nuestra atención. ¿Qué es, entonces, lo que debería de apasionarnos?

 

En 1 Pedro 2:6, el apóstol Pedro nos presenta un desafío para todos aquellos que nos identificamos como seguidores de Jesús. Presta atención en este pasaje: «Así dice la Escritura: “Miren que pongo en Sion una piedra principal escogida y preciosa, y el que confíe en ella no será jamás defraudado”». Describe a Jesús como una piedra principal «escogida y preciosa»; revela la alta estima que debemos de tener por Cristo. Ahora bien, tu puedes decir: «¡Así es Jesús para mí!». Pero, volviendo al punto principal, ¿nuestra vida refleja realmente que él es lo que más valoramos?

 

Presta atención a la siguiente declaración del pastor Samuel Storms: «La fe salvadora es más que un simple acuerdo intelectual con las doctrinas. Cuando hablamos de creer en Jesús y confiar en él y tener una relación personal con él, estamos hablando que tenemos un nuevo corazón y una nueva naturaleza que ahora lo aprecia, lo desea y lo adora como algo más precioso que todo lo demás. ¿Valoras a Jesús como el tesoro del universo? ¿Vale para ti más que todo lo que hay en este mundo? ¿Estás dispuesto a sacrificar todo para conocerlo y darlo a conocer?».

 

Mi intención no es hacerte dudar de tu amor por el Señor. Lo más hermoso es que él no nos ama con base a la intensidad de nuestro amor. ¡El nos amó y escogió desde mucho antes que le amaramos! Sin embargo, debemos reconocer lo fluctuantes que podemos ser en cuanto a nuestro aprecio por la persona de Cristo. Piensa en un Elías, un día está degollando a miles de profetas falsos y otro día está sumido en una tremenda depresión. Piensa en la iglesia de Éfeso, que perdió el primer amor; o en la iglesia de Galacia, que recibió la doctrina de la gracia pero parece que comenzaba a perder el rumbo y estaba volviendo al sistema ineficiente de la ley.

 

Si reconoces que en este momento Jesús no es el tesoro de tu alma, ¡no te desanimes! Su misericordia es nueva cada mañana y la llama de la pasión por Jesús puede encenderse una vez más. Recuerda las palabras del apóstol Pablo a Timoteo: «Por eso te recomiendo que avives la llama del don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos». (2 Timoteo 1:6 NVI)

 

Es tiempo de avivar la llama una vez más. Para atesorar más a Cristo no rehúyas ser confrontado con tu realidad. La confrontación es una puerta de gracia y el arrepentimiento una muestra del amor de Dios. También rodéate del testimonio de personas que te reten. Cultiva amistades que te animen y sean un ejemplo de pasión por Cristo. Por último, vuelve una y otra vez al mensaje del evangelio. Pide al Señor que la obra de Cristo sea revelada con mayor intensidad a tu alma. «Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios» (Salmos 103: 2 NVI).

 

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