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No olvides ninguno de sus beneficios.

El Salmo 103 contiene muchas verdades acerca de Dios; una de las partes más conocidas es el inicio en el que el salmista dice: «Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios». (Salmo 103:1-2). Es un hecho que cada día tenemos que estar recordando lo bueno y misericordioso que Dios ha sido con nosotros, de lo contrario, comienza a ser muy difícil rendirle adoración y ser agradecidos.

En muchas ocasiones usamos como ejemplo al pueblo de Israel, quienes después de haber conocido de primera mano las grandezas y los milagros de Dios, como cuando abrió el mar en dos y los liberó de los egipcios, aun así dudaron del poder de Dios y comenzaron a quejarse del lugar en el que estaban y de lo que recibían de comer cuando las cosas comenzaron a tardarse y a ponerse un poco más difíciles.

Muchas veces creemos que somos mejores adoradores de lo que ellos fueron porque no nos sentimos así de malagradecidos con Dios, pero la verdad es que es muy fácil dejar de adorar a Dios cuando olvidamos, aunque sea por un día, su bondad para con nosotros, lo misericordioso que ha sido y de dónde nos ha sacado.

Le puede pasar a cualquiera

Hace poco recordaba la historia del profeta Elías, quien vio la mano de Dios muchas veces en su vida, en una ocasión oró para que dejara de llover y así fue por tres años; después oró para que volviera a llover y vio de cerca el poder de Dios. En otra ocasión, Elías desafió a los profetas de Baal y Asera, los cuales eran ochocientos cincuenta, y frente a todos ellos demostró que el Señor era el Dios verdadero. Sin embargo, cuando la reina Jezabel se enteró de todo lo que Elías estaba haciendo, amenazó con matarlo. Como si Elías no acabara de vivir todas las maravillas que vio de parte de Dios, o como si las hubiera olvidado, se aterró al escuchar esta amenaza y huyó lejos de donde se encontraba la reina.

A pesar de ser un profeta tan cercano a Dios, que escuchaba su voz, atendía a su llamado y se movía con poder en el reino de Dios, no estuvo exento de olvidar los beneficios de Dios y de caer en temor, de manera que Dios tuvo que tratar con él. Si esto le pasó a él, puede pasarme a mí también por lo que, como el salmista, debo cada día recordar todo lo bueno que Dios ha hecho por mí, de dónde me ha sacado y cuánto me cuida. Debo entrar a su presencia con acción de gracias y con la humildad de saber que él está en control de todo. Debo meditar en su Palabra cada día para no caer en el error de ver las cosas de manera distinta a la que él las ve.

Regocijémonos en Dios

En la carta a los Filipenses, Pablo nos da la respuesta sobre lo que debemos hacer cuando comenzamos a sentirnos perdidos, estresados o con temor. «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6-7).

Cuando nuestros mismos sentimientos —al llenarnos de temor o de incertidumbre—nos hagan saber que no estamos confiando y recordando lo poderoso y bueno que es Dios para con nosotros, eso es una señal de que nos urge acercarnos a orar y a presentar nuestras peticiones delante de él. Su promesa es que si así hacemos, su paz —que sobrepasa todo entendimiento y toda lógica según las circunstancias que estamos viviendo— nos guardará y nos ayudará con nuestros pensamientos, como dice en este verso. ¡Qué hermosa promesa! Quizás yo no puedo controlar lo que pienso y el temor que tengo, pero puedo presentar mis preocupaciones delante de Dios y él me guardará en Cristo Jesús. ¡Amén! ¡Gracias, Dios!

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