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La lucha interior

¿Alguna vez has escuchado la metáfora de los dos perros? En diversas ocasiones he escuchado que la citan para enseñar distintas lecciones (y existen muchísimas versiones). Trata acerca un anciano que tenía dos perros, uno blanco y uno negro, que constantemente luchaban entre sí, pues eran muy distintos. Este anciano preguntó a su nieto cuál creía que sería el perro ganador. Pero resulta que el anciano alimentaba sólo a uno de ellos, y claro que al final ganó el perro que estaba mejor alimentado y más fuerte. Al final, el anciano volvió a hacer otra pregunta a su nieto: «¿A cuál alimentarás tú en tu vida?», enseñándole la lección de que verdaderamente dependía de él cuál de los dos perros ganara, según la parte de su corazón que alimentara más.

Hace poco pensaba en esta historia mientras leía el libro de Gálatas. Fíjate lo que explica Pablo al tratar de hacer volver a este pueblo a entender los caminos de Cristo, ya que algunos estaban tratando de cumplir la ley o volver a ritos que ya no eran necesarios. «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis» (Gálatas 5:17). ¿Te has visto alguna vez envuelto en una situación como la que describe Pablo? A mí me sucede todo el tiempo. Y me vuelvo a preguntar, ¿qué ganará en mi vida? ¿la carne o el Espíritu? Es cierto que yo tengo mi salvación segura, puesto que no es por mis méritos sino por la obra de Cristo en la cruz, pero, ¿podré dejar atrás completamente mi vida de pecado y seguirlo?

Libres

La carta a los Gálatas también nos explica por qué ya no vivimos de ese modo, es decir, siguiendo los deseos de nuestra carne. «Pero los que son de Cristo, han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu» (Gálatas 5:24-25). Pablo lo explica de una manera que suena muy simple: hemos creído en Cristo y por lo tanto nuestras pasiones y nuestra carne están clavadas en la cruz, ya no tenemos que obrar confirme a ellas. Suena más sencillo de lo que muchas veces lo hacemos, y creemos que vivir en el Espíritu es una carga pesada que el Señor ha puesto sobre nosotros. En ocasiones hasta llegamos a creer que él está sentado a lo lejos, viendo como triunfamos o fracasamos, cuando realmente está frente a nosotros, peleando nuestras batallas. Necesitamos ver las cosas como Pablo mismo explica unos versículos antes. «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud» (Gálatas 5:1). Esto lo está diciendo Pablo, como se comentaba anteriormente, porque algunos estaban tratando de volver a los preceptos que la ley de Moisés establecía y ponían sobre sí mismos —y sobre otros— cargas muy pesadas que realmente Cristo no los había llamado a llevar.

Dejemos a un lado todas esas cargas y el peso de la carne que ya debería estar crucificada, y corramos hacia Cristo. «…despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (Hebreos 12:1-3). Pensemos en Cristo cuando creamos que ya no podemos más, cuando creemos que la carne nos va a vencer, o que estamos volviendo a los caminos que caminábamos antes; y sobre todo, asegurémonos que estamos todos los días, con nuestras pequeñas y grandes acciones, alimentando al «perro» correcto.

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