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Dependientes

Los humanos somos dependientes de muchas cosas: del alimento que comemos, de la gente que nos ama, del aire que respiramos, e inclusive, la época moderna ha traído consigo necesidades que no hubieran imaginado nuestros antepasados. Por ejemplo, muchos de nosotros somos dependientes también de un celular que nos diga a dónde ir cuando buscamos una dirección o que nos marque un número telefónico —que ya nunca memorizamos— cuando necesitamos hablar con alguien. Sin embargo, a pesar de todas estas cosas que necesitamos diariamente, aquello a la que deberíamos ser más dependientes es el Señor mismo y su Palabra. Eso es lo que nos va a diferenciar del resto, lo que quitará de nosotros toda ansiedad y vergüenza, y nos dará una vida de paz, armonía y felicidad.

Hay muchas cosas que nos acercarán a tener nuestra total dependencia en Dios, hoy quisiera enfocarme en una de ellas y en las consecuencias que generará en nuestras vidas.

1. Oren sin cesar

En la primera carta a los Tesalonicenses, Pablo hace una serie de exhortaciones a la iglesia, que deben tomar en cuenta. Les pide que tengan paz entre todos y que animen a los que lo necesitan; que estén gozosos y den gracias por todo, y entre esa lista de cosas les dice algo muy sencillo, pero muy importante y poderoso: «Orad sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17). Pablo no quería decir necesariamente que estuviéramos todo el día sin dejar de orar, pero sí que tuviéramos una cultura y una actitud en la mente, en la que el Señor siempre esté presente como una prioridad para consultar, para pedir, para agradecer, etc. Quiere decir que no buscamos a Dios en oración solamente cuando tenemos un problema o cuando estamos atrapados sin saber qué hacer.

La actitud contraria, en cambio —es decir, no llevar una vida de oración— sería confiar en nosotros mismos, en que solos podemos lograr lo que nos propongamos y en que podemos ir trazando nuestro propio camino. Podemos caer en esto muy fácilmente.

En la carta a los Colosenses, Pablo vuelve a exhortar a la iglesia a acerca de la oración, «Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Colosenses 4:2). Inclusive les pide que oren por él para que pueda seguir predicando la Palabra. Pablo sabía que la oración de la iglesia puede lograr grandes cosas, pues es hablar con Dios, tocar su corazón y alinearnos con sus pensamientos y su voluntad.

2. Renueven su entendimiento

Una vez que estemos bien centrados en el Señor, orando en todo tiempo, él comenzará a renovar nuestro entendimiento y comenzaremos a ver las cosas de manera diferente. La carta a los Romanos, desde una perspectiva diferente, nos vuelve a recordar lo mucho que dependemos de Dios al decirnos que todo lo que tenemos viene de él y que él es quien está sobre todos, judíos y gentiles. Comienza el capítulo 12 diciéndonos que es por eso que debemos presentarnos a él como sacrificio vivo, y menciona lo siguiente: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Romanos 12:2). Una vida constante de oración nos lleva a esto, a no estar conformes con lo que el mundo nos ofrece, a comenzar a tener discernimiento entre lo que Dios quiere de nosotros y lo que encontramos en el mundo, y poco a poco nuestra mente comienza a renovarse. Esto nos lleva a comprobar que la voluntad de Dios para nosotros es buena.

Al llegar a este punto de renovar nuestra mente cada día con la ayuda de la oración, nos encontraremos tan satisfechos en el Señor que no buscaremos satisfacción y dependencia en otras cosas, sino que él mismo suplirá todas nuestras necesidades. Y seguiremos, por lo tanto, buscando naturalmente continuar con una vida activa de oración.

3. Llenen su corazón de Cristo

Un entendimiento renovado y una vida de oración comenzarán a desbordarse de nosotros y todos los que nos rodean se darán cuenta fácilmente de que tenemos al Señor de nuestro lado. Nuestro corazón estará tan lleno de Cristo, que comenzaremos a amar de una manera irracional, no como aman los impíos, así, todos podrán ver que Dios es real y creer en él. Eso es lo que Jesús oró a Dios en una ocasión, que si nosotros amamos, entonces el mundo sabrá que él viene de Dios.

En una ocasión Jesús enseñó a sus discípulos: «Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y, si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen esto hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:46-48).

Cuando llenemos nuestros corazones de Cristo,  —porque vivimos vidas de oración y tenemos el entendimiento renovado— será más fácil amar a los demás y cumplir con lo que Cristo nos pide. Cuando lleguemos a ese punto en el que nos neguemos a nosotros mismos, es entonces cuando sabremos que somos totalmente dependientes de Dios.

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