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¿Cómo se declara usted? ¿culpable o inocente?

¿Alguna vez te has sentido estancado en tu vida cristiana? Como si arenas movedizas hubieran atrapado tus pies y no pudieras caminar ni hacia delante ni hacia atrás. Sigues yendo a la iglesia, sigues en el camino, pero no sientes el amor ni la pasión que sentías en otro tiempo, que te animaban a seguir adelante. Esta es una lucha que constantemente el cristiano tiene que enfrentar, especialmente después de muchos años de seguir a Cristo. Pareciera ser que en ocasiones nos olvidamos de nuestro propósito, de lo que queríamos lograr en primer lugar al haber decidido convertirnos a los caminos del Señor, y tenemos que recordar una y otra vez lo que Dios hizo por nosotros para avivar nuestro amor por él y poder continuar la obra que nos encomendó.

Muchas veces nos hemos enfrentado con que el escuchar el mensaje de la cruz no causa ya el efecto en nosotros que quisiéramos o que debería. Y es precisamente este mensaje el que puede salvarnos de esa vida tediosa en la que la cruz y el sacrificio de Cristo han dejado de ser un evento maravilloso e increíble para convertirse en algo cotidiano que rara vez volteamos a ver (y mucho menos a agradecer). El problema es que si el mensaje de la cruz no crea en nosotros el impacto debido, difícilmente nos arrepentiremos de los pecados que tenemos dentro y que hemos cometido. Necesitamos entendimiento y revelación de Cristo para poder continuar una vida de arrepentimiento y redención.

Cuando nos encontramos estancados de esta manera difícilmente podemos engañar a Dios, y la verdad es que no podemos engañar tampoco a nuestra propia consciencia. Algo en nuestro interior, dictado por el Espíritu Santo, nos hace saber que algo anda mal en nuestro corazón. Llegado este momento tenemos dos opciones: Condenarnos y alejarnos de Dios, poniendo excusas de que no podemos vivir la vida perfecta que creemos que se nos exige, o arrepentirnos y acercarnos confiadamente al trono de Dios.

¿Eres verdaderamente inocente?

Cuando se realiza un juicio, solamente hay dos maneras en las que se puede declarar al hombre que se juzga: culpable o inocente. No hay un veredicto intermedio en el que la persona pueda ser justificado pero no inocente. A pesar de que puede tener muchas variantes, el veredicto es básicamente blanco o negro. Lo mismo pasa en el juicio de Dios: o somos declarados culpables, o se nos justifica por los méritos de Cristo. Dice la Palabra que para que seamos de aquellos que son declarados inocentes o justificados, solamente tenemos que hacer una cosa: creer. Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:15). 

Sin embargo, en esos tiempos de nuestra vida en los que estamos inciertos de nuestras acciones e incluso de nuestra propia fe, dejamos de actuar como si fuéramos justificados y comenzamos a actuar como aquellos que son culpables. Nos condenamos a nosotros mismos pensando que nunca seremos suficientes, que nunca seremos perfectos, y esto técnicamente es verdad. Por ello fue que Cristo tuvo que venir a morir por nosotros. Nosotros no podíamos salvarnos a nosotros mismos. El problema de actuar como injustos a pesar de haber sido justificados es que lo que estamos menospreciando no es a nosotros mismos, sino el mismísimo poder de Cristo para transformar nuestras vidas.

Una nueva identidad

Nosotros, a través de esta sangre que fue derramada por nosotros, hemos recibido una nueva identidad. No la de pecadores que teníamos antes, sino la de hijos justos de Dios. Esto no quiere decir que no vayamos a equivocarnos o a cometer algún pecado, simplemente significa que cuando así sea, podemos levantarnos y volver al camino, porque como dice la Biblia, en este juicio tenemos un abogado que pelea por nosotros y nos hace justos. «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1). Ya no podemos seguir caminando igual que como lo hacíamos antes de conocer a Cristo, ni podemos lamentar perpetuamente nuestros pecados. Debemos seguir adelante, utilizar nuestra nueva identidad para vivir de manera que impactemos en su reino y otras vidas se transformen así como las nuestras fueron cambiadas.

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