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Lo que mis ojos ven

Cuando éramos pequeños y asistíamos a la escuela dominical, en ocasiones nos cantaban una canción que decía: «Cuidado mis ojitos al mirar… cuidado mis oídos al oír… cuidado mis piecitos dónde van». Era algo así. Me parece que era una manera de ponernos a pensar antes de tomar cualquier decisión, para guiarnos a que cada una de ellas fuera buena. 

Hay muchas otras cosas que podemos sacar de esa canción infantil. Por ejemplo, me recuerda también un versículo que dice: «La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz» (Mateo 6:22). ¿Por qué la canción nos pide que tengamos cuidado con lo que vemos y escuchamos? Creo que este versículo nos da una pista. Lo que nuestros ojos ven entra a nuestra mente y a nuestro corazón y ahí se queda, como un aprendizaje más, ya sea que hayamos visto algo agradable o no.

Lo que me preocupa de esto es que al ponerme a pensar en todo lo que ven mis ojos hoy en día, temo que mi cuerpo no esté tan lleno de luz como debería. ¿Cuánta publicidad no vemos al día en panorámicos, en el supermercado o en los mismos productos que consumimos? ¿Cuántas horas no dedicamos a ver la televisión o videos en internet? ¿Cuánto tiempo no gastamos revisando el contenido de nuestras redes sociales? Todo lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos escuchan al día, si lo ponemos en porcentaje, no va dedicado en su mayoría a escuchar y ver la Palabra de Dios. Cuando me pongo a pensar en las veces que dedicamos tiempo a escuchar lo que el mundo tiene que decir de nosotros y lo comparo con el tiempo que dedico a escuchar lo que Dios tiene que decir de nosotros, la balanza no se ve muy cargada a lo que dice el Señor. Ahora entiendo por qué muchas veces me cuesta creerle.

¿A qué le dedico tiempo?

El problema es que si los mensajes que estamos escuchando provienen de la televisión, de influencers y bloggers, de publicidad y del contenido que vemos en nuestras redes sociales, lo más probable es que estemos dedicando tiempo a escuchar mentiras (y hasta malas palabras). Porque si hay alguien tratando de decirnos quienes somos o qué debemos hacer, a dónde ir y qué comprar, y ese alguien no es de parte de Dios, entonces su mensaje es falso, y nosotros lo estamos consumiendo.

Hay un par de versículos que nos dan la pauta de cómo actuar frente a esto. El primero nos dice en dónde poner nuestros ojos, a dónde ver: «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (Hebreos 12:2). También hay otro versículo que nos dice en qué pensar. «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad» (Filipenses 4:8). Si esto hacemos, comenzaremos a escuchar una voz diferente, no lo que el mundo tiene que decir de nosotros, sino lo que Dios tiene que decir, y comenzaremos a cambiar inclusive la percepción que cada quién tenemos de nosotros mismos.

¿Quién soy yo?

En uno de los Salmos, David medita preguntándose: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo de hombre, para que lo visites? Lo has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y honra» (Salmos 8:4-5). Hay cosas maravillosas que la Palabra de Dios dice de nosotros, sin embargo, en ocasiones batallamos para escucharlo y creerlo, y esto es porque escuchamos muchas otras voces que nos dicen cosas contrarias.

Por ejemplo, otra cosa que la Palabra dice de nosotros es: «Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa» (Gálatas 3:29). Esta son grandísimas noticias, y si las creemos, viviremos nuestra vida de manera diferente, como hijos de Dios, como verdaderamente hemos sido llamados a ser. Él ya murió para que pudiéramos serlo, sólo hay que creerle.

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