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Ambiciosos

Un pirata que busca el «tesoro maldito» de Cortés y al conseguirlo se enferma. Un rey que pide que todo lo que toque se convierta en oro y termina convirtiendo en estatuas de oro a sus seres queridos, o a las cosas que toma para alimentarse. Hay muchas historias en la literatura y en la televisión acerca de personas que anhelaron lo incorrecto, hombres que creían que su ambición desmedida los saciaría y los llevaría al éxito, pero terminó siendo su perdición.

En la Biblia también encontramos algunos ejemplos de esto. En una ocasión, un hombre llamado Naamán se encontraba enfermo de lepra. Supo que había un profeta de Dios que podía ayudarlo y lo consultó para ser sanado. Al final, ofreció retribuirle, pero el profeta se negó. Sin embargo, al regresar Naamán a su casa, el siervo del profeta lo siguió, pensando que tal vez él sí podía conseguir algo. Así que mintió diciendo que su amo lo había enviado a pedir algunas cosas.

Así como en las historias acerca de la avaricia, que siempre vienen acompañadas de alguna enseñanza o moraleja, la lepra que tenía Naamán se pasó a ese siervo que mintió para conseguir algo material (2 Reyes 5:20-27, RVR1960). Su avaricia lo llevó a la perdición.

Vestidos como hierba

Es muy fácil basarnos en lo que nuestros ojos ven para valorar el estatus de nuestra vida. Creemos que si no nos falta el dinero para pagar nuestras cuentas o las posesiones que guardar, estaremos bien, cuando Dios no ve así las cosas. Jesús les dijo en una ocasión a sus discípulos que la vida vale más que la comida y la ropa: «Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” (Mateo 6:30-31, NVI).

Una vez más Jesús nos muestra que el reino de los cielos no funciona como el mundo. Dios tiene otras prioridades. Él se encargará de que no nos falte nada de lo que verdaderamente necesitamos. Si no entendemos esto, andaremos por la vida como esos piratas que traían los bolsillos llenos de monedas de oro, pero enfermos por dentro. De nada les sirvió todo lo que habían acumulado.

No solo de pan

Otra de las enseñanzas que nos dejó Jesús fue lo que dijo en el desierto cuando el enemigo le ofreció comida, adoración y poder: No sólo de pan vive el hombre (Mateo 4:4, RVR1960). Esta frase nos enseña algo importante, que es más valioso buscar primero la palabra de Dios que las cosas de esta tierra. Él se encarga de nosotros porque nuestra ocupación debe ser encargarnos de lo suyo.

Mira la exhortación que hace Isaías al pueblo de Israel: «A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura» (Isaías 55:1-2, RVR60).

Es bueno que seamos ambiciosos, pero que nuestra ambición esté en el lugar correcto. Si anhelamos más de la presencia de Dios, más de sí mismo y más de su reino, llegaremos lejos en lo que verdaderamente importa. Pero si anhelamos las cosas de este mundo, lo que no satisface, seremos como necios. Dice Isaías que lo valioso no cuesta dinero, y aquello que no cuesta sacia y deleita el alma. Que así sea en nuestra vida.

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