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Una hermosa paradoja: la muerte que produce vida

 

«Ciertamente les aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo. Pero, si muere, produce mucho fruto» (Juan 12:24, NVI).

¿Qué es lo primero que piensas al escuchar la palabra «muerte»? La mayoría del tiempo la relacionamos con dolor, pérdida, temor, malas noticias, entre otras cosas negativas. Pero aquí Jesús está anunciando su muerte y al mismo tiempo el fruto de vida que esta produciría. Parece una paradoja, ¿no? A causa de la muerte de uno, hay buenas noticias: ¡Vida para muchos!

En aquella cruz donde murió Jesús, se dio el milagro más sorprendente para la humanidad: la vida eterna. «Cuando vea todo lo que se logró mediante su angustia, quedará satisfecho. Y a causa de lo que sufrió, mi siervo justo hará posible que muchos sean contados entre los justos, porque él cargará con todos los pecados de ellos» (Isaias 53:11, NTV) Mediante su cruz, nos trajo salvación, perdón de pecados, libertad, justificación y reconciliación con el Padre, entre muchas otras bendiciones.

El evangelio —las buenas nuevas de salvación—  es un hecho histórico que asegura mi eternidad en el cielo, sin embargo eso no lo es todo. Hablando en términos actuales, la cruz es mi identidad en el presente. El evangelio me ayuda a vivir el día a día; impacta mi «hoy». Jesús nos hace un llamado a tomar nuestra cruz «cada día» y seguirle. Él ha marcado un ejemplo que somos llamados a seguir.

Observa como el evangelio transformó de tal manera al apóstol Pablo, que toda su vida la vivía a la luz de la cruz: «En cuanto a mí, que nunca me jacte de otra cosa que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Debido a esa cruz, mi interés por este mundo fue crucificado y el interés del mundo por mí también ha muerto» (Gálatas 6:14, NTV). Cuando Pablo habla del «mundo», no hace referencia al planeta tierra, sino al sistema de pecado que domina la mente y los corazones de las personas. 1 Juan 2:16 lo explica de la siguiente manera: «Pues el mundo solo ofrece un intenso deseo por el placer físico, un deseo insaciable por todo lo que vemos, y el orgullo de nuestros logros y posesiones. Nada de eso proviene del Padre, sino que viene del mundo» (NTV).

La pregunta ahora es: ¿A qué me está llamando Dios a morir? ¿A qué tengo que renunciar? Como se dijo al principio, morir causará dolor, pero producirá muchos frutos. Dicho con ejemplos prácticos, el fruto puede consistir en vida eterna para familiares, amigos, conocidos y desconocidos. También un carácter transformado, nuevos pensamientos, mejores relaciones, gozo, alegría y plenitud, entre muchas otras cosas.

Para que esos frutos nazcan, tengo que morir a mi egoísmo, mi vanidad, a ídolos, quizás a mi comodidad, con el fin de predicar y discipular, y así la lista puede continuar. Se trata de morir a nosotros mismos para recibir la vida eterna y para transfrmar la manera en la que vivimos el presente. Sé que suena difícil, pero el Espírtu Santo nos ayuda, solamente rindamos nuestra voluntad y pidamos por gracia para poder rendir aquellas cosas que sabemos que el Señor nos está pidiendo. Esta decisión, hoy, traerá vida mañana, tendrá un impacto eterno en las generaciones de ahora y en las que vendrán. ¡No olvides eso!

«Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20, NTV). Si Jesús se entregó hasta la muerte y muerte de cruz, entonces él es digno de toda nuestra vida. Sigamos su ejemplo hasta el final.

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