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fe que camina

Fe que camina

Fe que camina

¿Acaso no cometemos en ocasiones el error de medir nuestra salvación por las buenas obras que realizamos? ¿Por nuestra manera de comportarnos y actuar? Creemos que somos buenos o malos por las cosas que recordamos haber hecho en la semana; por las personas a las que ayudamos, aquellas con quienes discutimos, las metas que no logramos, etc. Sin embargo, Dios nos recuerda muchas veces a lo largo de toda la Biblia que la salvación no depende de nosotros. Si así fuera, no podríamos alcanzarla nunca, es por fe.

Tendemos a condenarnos a nosotros mismos una y otra vez por las cosas que dejamos de hacer o que hicimos. Olvidamos que la sangre de Cristo es más que suficiente para limpiar cada uno de nuestros pecados. «Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (Hechos 9:22). Estos versículos nos hablan acerca de cómo la sangre era utilizada en el Antiguo Testamento para purificar todo, logrando alcanzar la libertad y el perdón. Nosotros hemos sido rociados con la sangre más valiosa y pura que hay, la de Jesucristo. Tenemos que entender esto y recordarlo constantemente, porque de lo contrario será difícil disfrutar la vida que Cristo ya nos ha regalado por medio de su sacrificio perfecto.

Suficientes

El libro de Hebreos continúa diciendo más adelante que si la sangre de Cristo no hubiera sido suficiente, habría tenido que ofrecerse como sacrificio una y otra vez. Sin embargo, no fue así. «De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo, pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado» (Hebreos 9:26). 

No tenemos por qué sentir que no somos suficientes, lo cual es una percepción común en nuestra generación. Vivimos en tiempos en los que todos, no sólo la iglesia, se sienten juzgados, menospreciados, insuficientes; y vemos estadísticas de depresión como nunca se habían visto en la historia. Si buscamos sentirnos suficientes, la realidad es que nunca lo seremos, y menos ante un mundo lleno de apariencias como el que vivimos, donde vemos y conocemos las vidas de los otros a través de las pantallas de nuestros celulares, lo que nos lleva a creer que nuestra vida es la única que no es perfecta.

Hijos, herederos y hechos a su imagen

La buena noticia es que a pesar de que nunca logremos ser perfectos ni suficientes, la sangre de Cristo nos reviste de él mismo, convirtiéndonos en un nuevo hombre, amado por Dios a pesar de todos sus errores y hecho hijo de Dios. «Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa» (Gálatas 3:27-29). Ahora somos hechos hijos de Dios, herederos de todas sus promesas, hechos a la imagen de Cristo, quien complace al Padre. No hay ya nada que tengamos que probar a Dios, nuestra fe es suficiente.

Aquel que podía condenarme me ha amado, a pesar de haberme conocido, a pesar de saber quién soy. Me ha salvado y me ha adoptado, eso es más que suficiente. No hay algo más que yo pueda hacer para merecer su amor, Cristo ya lo ha hecho todo.

Ya soy libre de condenación, eso me queda claro, y me lleva todos los días a examinar la condición de mi corazón y buscar que sea cada vez más parecida a la de Jesús. Ya no vivo por mis obras, pero vigilo el fruto de las mismas. El sacrificio de Cristo por mí fue tan grande como para generar en mí un deseo de entregar mi vida a él cada día. «Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor» (Gálatas 5:6). Esto es lo que me mueve cada día.

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