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Tesoros escondidos

Hay tesoros escondidos en la Palabra de Dios que él mismo nos anima a buscar cada día y que no tienen nada que ver con lo que normalmente consideramos como tesoro. En el capítulo 8 del libro de Proverbios, la sabiduría nos exhorta a lo siguiente: «Opten por mi instrucción, no por la plata; por el conocimiento, no por el oro refinado. Vale más la sabiduría que las piedras preciosas, y ni lo más deseable se le compara»(Prov. 8:10-11).

El libro de Colosenses nos da una pista sobre dónde podemos hallar esta sabiduría que el Señor nos llama a buscar como si fuera piedra preciosa: «Quiero que lo sepan para que cobren ánimo, permanezcan unidos por amor, y tengan toda la riqueza que proviene de la convicción y del entendimiento. Así conocerán el misterio de Dios, es decir, a Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2:2-3). Por ende, entendemos que lo que debemos buscar en vez de los tesoros terrenales de este mundo es a Cristo, en quien se encuentran todos los tesoros y toda la sabiduría. Pero hay una palabra aquí que es muy importante tomar en cuenta. Dice que son tesoros escondidos, es decir, tenemos que ser proactivos en buscarlos para poder obtenerlos.

En Cristo, las cosas que tienen valor son muy diferentes a las que valoramos terrenalmente. No es el oro, no es un carro o una casa nueva y mucho menos un iPhone más reciente. Como acabamos de leer, para Jesús los tesoros son cosas como sabiduría, entendimiento, amor. En él, ganar más es ser más sabio, es poder imitar su carácter, es conocer su Palabra; no el obtener más oro, plata o piedras preciosas. Nos conviene prestar atención a los tesoros de Jesús y dedicarnos a buscarlos en vez de buscar los de este mundo, porque dice la Palabra que los de Cristo son para siempre. «No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar»(Mat. 6:19-20).

En una ocasión, Jesús responde a la pregunta de un joven rico que quería saber lo que le hacía falta para ser salvo. Jesús le respondió diciéndole que dejara todos sus tesoros y lo siguiera a él. Sin embargo, el joven no entendió el valor de lo que Jesús le ofrecía, ya que se fue triste sabiendo que era mucho (a los ojos terrenales) lo que tendría que dejar atrás. Muchos años antes, en uno de los discursos que le dan a Job sus amigos, después de que él lo perdiera aparentemente todo, se menciona esta realidad tan importante: «Si tu oro refinado lo arraigas por el suelo, entre rocas y cañadas, tendrás por oro al Todopoderoso y será él para ti como plata refinada. En el Todopoderoso te deleitarás; ante Dios levantarás tu rostro» (Job 22:24-26).

¿Qué estamos poniendo este día como oro refinado frente a Dios? ¿Es eso más valioso que el deleite que podamos encontrar en su presencia? Arrojémoslo delante de él y él será para nosotros como plata refinada, como el tesoro más grande, uno que no se corrompe, sino que dura para siempre.

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