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La sangre de Jesús

El evangelio es un tema que, tal vez creemos, tenemos que escuchar una sola vez en la vida. Nos presentan a Jesucristo, nos explican la maldad que hay en nuestro corazón y la obra redentora que él hizo para salvarnos, hacemos una oración de fe, y pasamos al siguiente capítulo de nuestra vida.

La realidad es que el evangelio es mucho más que una oración y mucho más que solamente una introducción a la vida cristiana. El evangelio es el plan de Dios para el hombre por medio de Jesucristo y se encuentra plasmado en cada historia de la Biblia, en cada día de nuestra vida y en cada cosa que hacemos. Es importante, como creyentes en Cristo, recordar una y otra vez el sacrificio que él hizo por nosotros, con la finalidad de mantener un corazón agradecido y encendido en fe.

Jesús mismo, antes de morir, pidió a sus discípulos que en memoria de él comieran el pan y tomaran el vino en la Pascua, para que recordaran su carne y su sangre, que él daba por sus amigos, no por obligación, sino por amor, voluntariamente. Hoy en día seguimos recordando a través de la comunión este sacrificio vez tras vez, agradeciendo la salvación tan grande que se nos ha otorgado.

Previo a la venida de Cristo, no había manera de que nosotros los gentiles tuviéramos salvación alguna, ya que éramos enemigos de Dios y por nuestro pecado estábamos totalmente destituidos de su gloria. No podíamos hacer nada por nosotros mismos y nada que intentáramos era bueno ni tenía el poder de acercarnos a Dios. Alguna vez, tras de la caída del hombre, hubo un pueblo que intentó construir una torre tan alta que pudiera llegar hasta Dios. Una torre que fue llamada Babel. Pero él los detuvo, no era así como podían alcanzarlo. Es más, no había manera de que alguien pudiera lograrlo. Para poder acercarnos tendría que ser él quien bajara… y lo hizo, en forma de hombre, sin aferrarse a su condición de Dios, y no sólo descendiendo, sino humillándose hasta la muerte.

Tampoco los judíos tenían esperanza: la carta a los Hebreos nos relata que vez tras vez el sumo sacerdote ofrecía sacrificios por los pecados de él mismo y por los del pueblo, porque se volvían a cometer, y la sangre de los toros y de los machos cabríos no podían cubrirlos. Pero Cristo, como un nuevo y mejor sumo sacerdote, se levantó a ofrecer su propia sangre, la cuál no solamente cubre todo pecado, sino que es ofrecida solo una vez y para siempre, trayendo esperanza no sólo para los gentiles, sino para todo judío, quien ya no tiene que esperar bajo el viejo pacto.

Si tomamos todo esto que Jesús ha hecho por nosotros y el acceso que nos ha dado al Padre por medio de su sangre —ya que nos ha abierto entrada al lugar santísimo, a estar en la presencia de Dios— entonces, podremos estar eternamente agradecidos de verdad y podremos adorarlo como él merece.

A través de su Palabra podemos ver que el Señor es un Dios al que le gusta siempre recordar. Muchas veces en la Biblia pide a su pueblo que guarde tal fiesta o tal ritual, que levante tal altar para recordar lo que ahí ha sucedido. De la misma manera, Jesús le pide a sus discípulos, como mencionamos antes, que tomen la copa y coman el pan para recordar el sacrificio que él ha hecho por cada uno de ellos. Si así hacemos, nunca nos faltará pasión, no nos faltará amor, respeto ni admiración por Jesús. Podremos alabarlo y darle gloria, honra y honor a quien ahora está sentado a la diestra del Padre, intercediendo día y noche por nosotros, victorioso esperando volver por los suyos.

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